Setién rezando

Es momento de entender cómo fue posible ese fenómeno, síntoma de un gran mal estructural

José María Setién./
José María Setién.
Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Del obispo Setién yo guardo un recuerdo feliz. Eran los años 90 y la Sociedad Liberal 'El Sitio' le invitó, haciendo gala de su proverbial liberalismo, a dar una conferencia en Bilbao, que terminó con un típico turno de intervenciones del público. Yo aproveché la oportunidad para hacerle al Monseñor unas cuantas preguntas obligadamente incómodas sobre las víctimas de ETA, que él me contestó con su habitual tono desabrido y una mirada que -creo- no albergaba hacia mí sentimientos muy cristianos. Tras su charla, Setién se dirigió al hotel donde -se suponía- iba a tener la cena tradicional con la junta directiva de la entidad anfitriona. Recuerdo bien su expresión de contrariedad cuando comprobó que yo era uno de los miembros de esa junta; cómo le cambió la cara cuando le tendí la mano sonriente y cómo nos explicó con sequedad que no se quedaría a compartir mesa con nosotros: «Discúlpenme -dijo-, pero me esperan en la habitación una colación frugal y mis oraciones».

No. No voy a cargar las tintas contra Setién ahora que se ha muerto después de pasar años desaparecido de la vida pública. Lo que uno tenía que decir sobre el atroz papel de ese hombre en la tragedia vasca lo dijo cuando había que decirlo; cuando ETA mataba y él estaba episcopalmente en activo; cuando le negó el funeral en la catedral donostiarra al socialista Casas o le quitó al jesuita Beristain la parroquia del barrio de Amara con la misma clase de argumentos eclesiástico-burocráticos en ambos casos; cuando perpetraba aquellas homilías y cartas pastorales diseñadas para lesionar moralmente a la comunidad creyente y hacer más insoportable de lo que ya era el dolor de las víctimas.

Creo que es el momento de ir algo más lejos de Setién y de la propia ETA. Es el momento de entender cómo fue posible ese triste fenómeno que no era más que un síntoma de un gran mal estructural y más hondo; la punta del iceberg del nacional-catolicismo vasco que sucedió al del franquismo y que es, por otra parte, hermano gemelo del nacional-catolicismo catalán que movilizó a su clero alrededor de las urnas golpistas del 1-O. Aún hoy es el día en que quien señala esas complicidades o reclama un posicionamiento claro contra ellas de Roma y la Conferencia Episcopal Española se convierte en sospechoso de anticlericalismo. Todavía estamos en ésas. Se habla mucho del temor a que ETA imponga su relato. Pero, para impedir el blanqueo narrativo de ETA, es preciso impedir también otros blanqueos, como el del papel de la Iglesia vasca en un período que no ha concluido.

Han pasado tres décadas desde aquella cena bilbaína que Setién rehusó porque le esperaban en su habitación una colación frugal y sus oraciones. ¿Para qué rezaba Setién? Me lo he preguntado muchas veces. Yo creo que rezaba para que Dios no exista. Porque, como exista, creo que en el más allá lo tiene crudo.

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