Ser mujer

Semenya. /AFP
Semenya. / AFP
Rosa Belmonte
ROSA BELMONTE

Conocimos a Caster Semenya en 2009. La atleta sudafricana hacía femenina a Jarmila Kratochvilova. Y a John Wayne. La checa Kratochvilova, que mantiene el récord de 800 metros 36 años después, ya apechugaba con la imagen de supermujer sospechosa de no serlo. De fea. Cuando de una mujer dicen que parece un hombre la están llamando fea. Semenya no va al Mundial de Doha porque un tribunal ha tumbado la suspensión temporal del reglamento de la Federación Internacional de Atletismo (IAFF) sobre las atletas hiperandróginas (ya ha ganado dos títulos olímpicos y tres mundiales de 800 gracias al permiso que tenía).

Caster, de 28 años, es una mujer pero según la IAFF es un hombre biológico. Se niega a someterse a los tratamientos hormonales que exige la IAFF para reducir de forma artificial sus altos niveles de testosterona. Apeló, el tribunal suspendió el reglamento y ahora revoca la suspensión. Seguirá pleiteando. ¿Y por qué Usain Bolt puede participar con otros hombres siendo él alguien superior? ¿Por qué Melania Trump puede ir por ahí como mujer mientras otras que también lo somos parecemos desechos de tienta? Hay gente privilegiada. ¿Va a ser lo mismo Cayetana Álvarez de Toledo que Adriana Lastra? Y las dejan participar en la misma competición.

Una de las discusiones más locas de las últimas semanas, además de los manolitos congelados (sin la voz de Gloria Serra no veo escándalo), tiene que ver con el feminismo TERF. Corriente surgida en los 70 que rechaza en la lucha feminista a las mujeres trans porque sólo una mujer real (cis) puede haber sufrido la opresión del patriarcado. Las personas trans son según las Towanda Rebels «un capricho neoliberal». Qué complicada es la vida moderna. Qué suerte ser una mujer vulgar con la testosterona justa para pasar el día. Sin pene, sin pena, sin gloria (ni siquiera Serra).