Un señor de Guadalajara

'Ahora, los presos', dicen en sus pancartas. Cada vez se sienten más seguros de que van a lograr su propósito de que los asesinos de ETA sean rehabilitados y las víctimas arrumbadas en el olvido

Un señor de Guadalajara
Jose Ibarrola
ANA VELASCO VIDAL-ABARCA

Dice la viuda del periodista José María Portell, Carmen Torres Ripa, que un señor de Madrid, una señora de Guadalajara o un joven de Andalucía no pueden abanderar su pena. También dice que está harta del victimismo de algunas víctimas del terrorismo.

Esta magnífica escritora y periodista opina que le parece estupendo que Arnaldo Otegi brinde con Idoia Mendia y que se respeten el uno al otro, aunque piensen diferente. Es un enfoque. El mío es distinto. Yo no estoy harta de ninguna víctima, aunque pueda no compartir sus opiniones y admiro a las que se comprometen públicamente porque consideran que deben combatir las ideas que mataron a sus familiares, porque quieren impedir que se les hurte la justicia que todo Estado de Derecho debe garantizar, y porque pretenden vivir en una sociedad en la que no se admita que el terrorismo tuvo una razón de ser.

Nadie abandera la pena de los que sufren, pero las víctimas del terrorismo no solo son de sus familias, son de todos los españoles atacados por los que han querido -y siguen queriendo- destruir nuestra nación. Por eso yo sí me siento reconfortada por el calor de un señor de Madrid, de Guadalajara, de Andalucía, de Cuenca, del País Vasco o de cualquier lugar de España. Porque ellos saben que el terrorismo de ETA nos ha perseguido a todos. Yo no desprecio su afecto, ni su empatía, ni creo que, por ser de Guadalajara, o de Andalucía, o de Murcia o de Teruel, no tengan derecho a sentirse concernidos ni a mostrar su cercanía y solidaridad con las víctimas del terrorismo.

Vivimos tiempos en los que desde muchos ámbitos se trabaja con ahínco para dejar en el ámbito de lo privado la memoria pública de todas las personas asesinadas por ETA, como si hubieran muerto por una enfermedad y el duelo solo correspondiese a sus familias y amigos. Se pretende eliminar el valor simbólico que encierra su sacrificio, la destrucción que se pretendía de nuestro marco de convivencia. Reclamar justicia es hoy ser vengativo, querer memoria es quedarse anclado en el pasado y en el rencor. El camino por el que nos quieren obligar a transitar es el de que aceptemos entre nosotros a quienes nos atacaron sin piedad, el de que consideremos respetables sus planteamientos ideológicos y el de que les concedamos todo lo que nos pidan. Por si acaso.

Y a pesar de que está claro que se está siguiendo ese camino y de que cada cierto tiempo una noticia de baja intensidad nos informa de que ha sido excarcelado tal o cual terrorista, y de que se les acerca sin prisa pero sin pausa a sus lugares de origen, la presión no cesa -saben muy bien que surte efecto-. Miles y miles de personas han salido a las calles para mostrar su solidaridad con los etarras encarcelados. Es de suponer que pocos de esos que claman por la libertad de los asesinos son de Guadalajara o de Madrid o de Albacete. No. Los que salen con pancartas y gritos a favor de los etarras son esos miles de vascos que durante medio siglo se han sentido -y se siguen sintiendo- mucho más cerca de los que mataban que de los que morían.

Con su semántica tramposa los llaman «presos políticos, deportados y exiliados», como si fuesen seres a los que la justicia y la ley no se les pudiese aplicar. 'Ahora, los presos', dicen en sus pancartas. ¿Qué fue antes?, cabe preguntarse. Mucho. Demasiado. Y cada vez se sienten más seguros de que van a lograr su propósito de que los asesinos sean rehabilitados y las víctimas arrumbadas en el olvido. Ahí están los constantes homenajes sin la más mínima consecuencia legal, a pesar de que están prohibidos. ¿Eso es lo que tenemos que aceptar? ¿Esa es la convivencia democrática que nos merecemos?

En la manifestación multitudinaria exigiendo la libertad de los terroristas celebrada el pasado sábado en Bilbao estaba el individuo que brindó en Navidad con la secretaria general del PSE. Ese sí que no sabe lo que es «tener entre las manos un ser querido ensangrentado», como dice la viuda de Portell del señor de Guadalajara, pero sabe muy bien cómo ensangrentar a ese ser querido, se esfuerza infinitamente por ayudar a los que lo ensangrentaron y desprecia absolutamente el irremisible daño que causaron.

Por eso, a mí sí que me representa, y mucho, un señor de Madrid -por cierto, una de las ciudades de España más azotadas por el terrorismo-, o de Guadalajara, o de Cuenca, o de Extremadura, lugar de procedencia de tantos guardias civiles a los que les arrancaron la vida en plena juventud. Y me siento inmensamente agradecida por su sensibilidad y cercanía. Y comprendo perfectamente el sentimiento de traición que experimentan algunos socialistas -ojalá fuesen más-, cuando ven que sus representantes brindan y se sientan a la mesa con los cómplices de los asesinos de sus c ompañeros y de tantos otros.

Ellos no quieren formar parte de esa legitimación vergonzante del terror que se está cocinando a fuego lento.

 

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