La rutina de los terremotos

Rostros conocidos. Santiago Abascal, a la izquierda, posa junto a José Antonio Ortega Lara./J. Ballesteros
Rostros conocidos. Santiago Abascal, a la izquierda, posa junto a José Antonio Ortega Lara. / J. Ballesteros
Braulio Gómez
BRAULIO GÓMEZ

En Euskadi ya hubo un terremoto político inesperado en el último ciclo electoral. En las últimas elecciones generales, un nuevo partido pasó de tener cero votos en 2011 a tener 317.674 votos en 2015 y 335.740 en 2016. El nuevo partido, Podemos, ganó las dos últimas elecciones generales. El mismo partido logró la proeza de pasar de cero votos en las elecciones autonómicas de 2012 a 157.334 en las últimas autonómicas de 2016. De cero a 11 representantes en el Parlamento vasco, de cero al 14% del voto. Parece que ha pasado un siglo. Pero fue hace poco y forma parte de la nueva película de la democracia representativa en la que el guión y las encuestas saltan por los aires. Así pasa elección tras elección desde la gran crisis económica en la mayoría de los países occidentales y también ocurrió en Euskadi donde tampoco las casas demoscópicas pronosticaron que un nuevo partido iba a ganar las elecciones generales.

No ha pasado mucho tiempo, pero sí el suficiente para que se hayan desarrollado estudios que intentan explicar el voto a unos nuevos partidos que son calificados por el politólogo José Fernández-Albertos como antisistema. Dentro de esta etiqueta no solo estarían los partidos de extrema derecha con vocación antidemocrática sino cualquier oferta política novedosa que se levanta criticando los actores políticos existentes y el modelo político y económico que sostiene a esa desprestigiada clase política. La incapacidad de los partidos tradicionales para frenar la desigualdad multiplicó la rabia de los ciudadanos hacia la clase política acelerando la ruptura de unas lealtades partidistas que ya se venían erosionando desde que los partidos dejaron de funcionar como espacios comunitarios de socialización. Se multiplicó la rabia ciudadana y se multiplicó la oferta partidista.

El discurso contra las élites políticas es compartido por todos los partidos antisistema, independientemente de su ideología. Y ese discurso que ayuda en los lanzamientos de nuevos partidos se convierte en su problema cuando se accede a la representación institucional y se empieza a formar parte del establishment contra el que parte de la ciudadanía vuelca su indignación. En ese momento, se abre la puerta a que otro nuevo partido pueda levantar la misma bandera contra la élite política con el mismo éxito, aunque incorpore otros ingredientes más peligrosos para la convivencia. Y así en bucle.

La inmigración no estuvo presente en los discursos que utilizó Podemos para hacerse un hueco en las instituciones, por ejemplo. Ese discurso sí que ha estado presente en la mayoría de los partidos antisistema de extrema derecha europeos, incluido Vox. La fragilidad y la fugacidad de la novedad como esencia nos tiene que servir para reflexionar sobre el error de esa dimensión de combate político, nuevo contra viejo, donde se cuelan proyectos políticos contrarios a nuestro modelo de convivencia. El combate entre nueva política y vieja política ha debilitado fundamentalmente a la política y ahí es donde siempre salen perdiendo las ideas progresistas y los que más necesitan de la protección del Estado para desarrollar su vida con dignidad.

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