Réquiem

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anuncia que habrá eleciones generales el 28 de abril de 2019./EP
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anuncia que habrá eleciones generales el 28 de abril de 2019. / EP
Elena Moreno Scheredre
ELENA MORENO SCHEREDRE

Llevan las campanas repicando tanto tiempo que resulta imposible diferenciar si los tañidos son de clamor, concejo, fuego, a rebato o nublo. Los artículos de opinión se caducan antes de entrar a la imprenta porque los mentideros dinamitan los secretos o las especulaciones y en el Tribunal Supremo se acumulan sentencias pendientes o de quita y pon. El Estado anda desgarrándose por la bocamanga que da al Este y la legislatura se extingue antes de fecha quizás porque nadie tiene la musculatura suficiente como para sostener un liderazgo. El viernes, el presidente Sánchez, contra las cuerdas, propuso la convocatoria de elecciones tras ocho meses de un Gobierno que, según dijo, quería ofrecernos un horizonte.

Compareció humilde, como de costumbre, y recitó una lista de logros más larga que los ocho meses de su mandato. Luego, como mandan los cánones, echó el barro sobre su adversario, recriminando la actitud de una oposición que bloqueaba leyes y se oponía a la prosperidad del bien común. Me recordó a un cura en el púlpito tratando de adoctrinar a los feligreses antes de salir de excursión, pidiendo que le esperaran, que no olvidaran y que acudieran a la cita del próximo 28 de abril. Ser político, desde que el ojo del ciudadano ha comenzado a mirarlos de cerca, se ha convertido en algo serio. Las crisis son una operación de cataratas y los perfiles de los candidatos de los partidos llevan la mochila de sus predecesores para bien o para mal.

Algunos buenos novelistas aciertan a escribir historias en las que los personajes, creados a imagen y semejanza de los seres humanos, conviven con otros de distinta naturaleza; las emociones. Estas se erigen como protagonistas por derecho, incidiendo en la acción, corrigiendo modos y en ocasiones precipitando el final. Se acusa al periodismo de adentrarse en la emocionalidad para enturbiar la objetividad de lo sucedido, y a veces con razón, pero la política, que exige transparencia, toma, como contrapartida, rehén al ciudadano y una prueba de ello es el proceso al 'procés'.

A través de las televisiones y radios hemos podido seguir la retransmisión del juicio a los independentistas. Toda esa España que se supone desmembrada ha escuchado la voz de los acusados en la persistente negación de sus incumplimientos legales. Desde la butaca de la sala, andaluces, castellanos, vascos o gallegos, catalanes y extremeños etc... se repartían la duda de aplicar bálsamo a la herida y redimir o no a esta clase política que se saltó el peaje en la autopista del cacareado derecho a decidir. En el banquillo de los acusados, así como en el lado de la acusación o en el de la defensa, me ha parecido que faltaban algunos de esos personajes literarios, tan útiles para mostrar sin decir lo esencial del relato; el miedo, la estupidez, las heridas, los excesos y los defectos y esa sociedad a la que los ilustres elegidos del conflicto tomaron para su cruzada.

El juicio, liturgias incluidas, es lo más parecido a una representación del desencuentro y el fracaso de la clase política. Los ciudadanos asistimos a él para comprobar que el paraguas de la ley no gotea cuando hay tormenta, que no es poca cosa, y desde esta tribuna me parece estar asistiendo a un divorcio en el que los agravios se repartirán y la ley obligará a los contrayentes a seguir compartiendo casa, al menos hasta que esté pagada la hipoteca. Un divorcio es, en cierto modo, un fracaso, una fisura en la fe ciega del amor eterno, en el respeto de la diferencia que se evidencia con los años y las emociones habitan los hechos. Mi admirado periodista Iñaki Gabilondo decía días atrás que echaba de menos un gesto que muy bien podían haber hecho los jueces: pedir, simbólicamente, un minuto de silencio por la víctima de este despropósito, la convivencia.

El independentismo se presentó agraviado, perseguido y como un inocente, pero todos sabemos que no cuelan las epístolas cuando te enfrentas a la ley. Los abogados defensores nos presentaron una causa abocada al fracaso, unas víctimas impotentes que se sabían juzgadas de antemano, y la Fiscalía puso rectas las líneas torcidas aclarando que serán las leyes quienes decidan.

De momento, las campanas tocan a réquiem por un presidente. Pedro Sánchez enumeró muchos logros que nadie va a negarle, pero, como de costumbre, se echó de menos el reconocimiento del error, la autocrítica, la humildad de quien quiso y no pudo, y en lugar de decirnos que su Gobierno era el que más integrantes mujeres había tenido me hubiera gustado que dejara un buen regalo para el desmembrado Partido Socialista, que no se merece tanta arrogancia.