La reforma del Estatuto de Gernika

La necesaria actualización del texto se verá abocada al fracaso si gira sobre el derecho a decidir

El lehendakari Íñigo Urkullu, frente al viejo roble de Gernika./AFP
El lehendakari Íñigo Urkullu, frente al viejo roble de Gernika. / AFP
ELCORREO

Con la frustrada independencia de Cataluña y sus devastadores efectos como inevitable telón de fondo, los partidos se disponen a negociar una posible reforma del Estatuto de Gernika, que sigue intacto desde su aprobación en 1979. Este desafío no solo pondrá a prueba la capacidad de diálogo de las fuerzas políticas, cuyas diferencias irreconciliables amenazan ya con bloquear el proceso, sino también la envidiable estabilidad institucional de Euskadi, un valor muy preciado mientras se disfruta y más aún cuando se pierde. Conviene recordar que gracias a este Estatuto, tan injustamente despreciado desde algunos ámbitos del nacionalismo, el País Vasco goza de un amplísimo nivel de autogobierno sin precedentes en su historia, con el que se siente satisfecha una amplia mayoría (incluso, los votantes de la izquierda abertzale). Y que, aunque los vascos no desprecian eventuales avances en ese terreno, huyen de rupturismos y aventurerismos suicidas. Nadie discute la conveniencia de una revisión para adaptar el texto a la nueva realidad que han moldeado estas cuatro décadas. Hay margen para alcanzar un consenso al respecto.

El gran debate de la reforma, sin embargo, girará sobre el derecho a decidir, que choca con la legalidad y haría inviable un pacto con visos de prosperar. Los partidos que lo reclaman deben aclarar para qué lo desean. ¿Para intentar una independencia que sólo reivindica una clara minoría social? También si, en pos de su consecución, están dispuestos a dinamitar el modelo de convivencia y pluralidad que tan magníficos resultados ha aportado a Euskadi. El PNV habrá de decidir si se inclina por el pragmatismo o por romper la baraja. Es decir: si apuesta por avanzar, dentro de los cauces legales, en unas cotas de autogobierno sin parangón en Europa o se deja llevar por la pulsión del abertzalismo radical, que ya sabemos a dónde conduce. Basta con mirarse en el espejo de Cataluña. Los vascos no están por la labor de asomarse a un abismo similar. Recientes encuestas lo proclaman. Por eso, carece de sentido poner en peligro la reforma por el tótem del derecho a decidir. El pueblo vasco decide cada vez que se pronuncia en las urnas. Y lo volverá a hacer, una vez más, si los partidos pactan un nuevo Estatuto que satisfaga las legítimas aspiraciones de mejorar el autogobierno y que suscite, al menos, un acuerdo tan extendido y transversal como el del todavía vigente, que -es verdad- plantea una incongruencia difícil de explicar: la controversia sobre competencias pendientes 39 años después.

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