a sus puestos

El debate presupuestario no fue más que el primer acto de una campaña embarrada

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EFE
Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

Váyase, señor González, váyase», clamaba José María Aznar desde la tribuna del Congreso en 1994 con aquel deje tan característico, una especie de genuina perplejidad por el hecho de que pese a las filesas, los gales, los paesas y roldanes el Gobierno socialista siguiese en pie. Dos años después, el jefe de la oposición se convertía en presidente del Gobierno. Entre ambos hitos, sucedió un hecho clave: CiU, entonces el coto de un Jordi Pujol encantado de ser bisagra en Madrid, decidió que no le convenía seguir sosteniendo a González y tumbó las Cuentas de 1996, un hecho inédito en democracia. Hoy, salvo improbabilísimo giro, el Congreso devolverá por segunda vez desde 1978 un proyecto presupuestario al Gobierno.

Los paralelismos son llamativos. Pero ya se sabe, si hacemos caso a Marx, la historia se repite primero como tragedia y después como farsa. El que pide «echar» a Sánchez es el hijo político de Aznar, Pablo Casado, especie de trasunto 'millenial' del expresidente, tanto que hasta es diputado por Ávila igual que él. Pero no puede estar seguro de quedarse con la heredad porque la derecha, como llora su mentor, está fragmentada en tres y a Vox la campaña le sale gratis, entre la foto de Colón y la toga de Ortega Smith. El vilipendiado es un jefe del Ejecutivo socialista. Felipe se fue 'socarrando' en nada menos que catorce años de mandato; Sánchez corre el riesgo de haberse abrasado en apenas ocho meses. «Su Gobierno está muerto y no lo sabe», le espetó Casado, como si hablara con Bruce Willis en 'El sexto sentido'. Cabe la posibilidad de que Sánchez siga vivito y coleando, porque, como buen jugador de baloncesto, ha hecho de la supervivencia en la cancha su razón de ser y está convencido de que, si se aprovechan bien los tiempos muertos, se puede dar la vuelta al marcador en el último segundo. Los que pulsan el detonador son otra vez los nacionalistas catalanes. Pero si entonces fue un Pujol que comía y cenaba con banqueros y empresarios madrileños, haciendo y deshaciendo mientras (supimos después) amasaba su fortuna andorrana, hoy el soberanismo, fracturado por el órdago independentista, decide hacer saltar todo por los aires mientras sus dirigentes se sientan en el banquillo de los acusados. De perdidos al río. Cuanto peor, mejor.

Ése es el escenario. La legislatura se acabó. Todos a sus puestos. El manual del resistente también aconseja saber cuándo conviene dejar de resistir. Solo queda batirse el cobre en unas elecciones generales que serán cuando Sánchez quiera pero pronto. No tendría sentido anunciarlas ahora para octubre y agonizar a lo pato cojo, que dicen los americanos. La presión es demasiado fuerte. Quedó claro en el debate en la Cámara baja de ayer, en realidad el primer gran acto de campaña, tanto que Ana Pastor se desesperó para que cesaran los murmullos de sus exaltadas señorías. De los Presupuestos casi ni se habló. Para qué. Ya había dejado claro Sánchez en Twitter que no se van a aprobar. De lo que se trataba era de empezar fuerte con los mítines. La ministra Montero, más que manejar números, se destapó como una adversaria correosa y llamó siete veces Casado a Rivera, por si alguien se ha creído que Ciudadanos es de centro.

Tras el error infantil del relator, Sánchez ha asumido que toca cambiar de relato y presentarse como el paladín de la España «cabal, moderada y progresista», emparedado entre dos nacionalismos, el catalán y el español, entre la intolerancia y el Nodo. Para dar resultado, la jugada necesita ejecutarse rápido y movilizar a los votantes de izquierda tentados de quedarse en casa como en las andaluzas. También precisa algo de amnesia en una amplia bolsa de votantes que puede que no esté dispuesta a perdonar lo que sí fue, aunque corregida, una torpe cesión a los secesionistas.

 

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