El puente (sobre aguas turbulentas)

El puente (sobre aguas turbulentas)
David Aguilar / EFE
Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

El próximo jueves 28 el lehendakari Urkullu testificará ante el Supremo para dar cuenta de sus esfuerzos mediadores en los momentos más convulsos del 'procés'. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero hay una que permanece inmutable, la vocación del PNVy de Urkullu de ejercer de puente con Cataluña para intentar impedir el triunfo de los más rupturistas. Y, para evitar, por extensión, cortocircuitar la posibilidad de que los nacionalistas sigan siendo una pieza decisiva para arbitrar la gobernabilidad del Estado y sacar tajada a cambio.

Veamos primero las diferencias. Para empezar, la relación entre Urkullu y Carles Puigdemont, que solicitó la intercesión del lehendakari en una reunión que ambos mantuvieron en junio de 2017 en el Palau, quedó a raíz de aquel episodio, más que deteriorada, rota del todo. Queda un poso de desconfianza mutua que hace imposible cualquier diálogo. Con Torra y su núcleo de influencia tampoco hay la más mínima química.De hecho, el PNV sospecha que fue el actual president el que sobre todo torpedeó todos los intentos de que ERC y el PDeCAT dieran aire a Pedro Sánchez unos meses más.

Además, en 2017, la mediación resultaba imprescindible porque no había canales abiertos entre Rajoy y Puigdemont. En cambio, en el intento abortado por el paso en falso del relator ya no era necesario andar trayendo y llevando mensajes porque el diálogo entre la vicepresidenta Carmen Calvo y el tándem Artadi-Aragonès era más que fluido. El papel del PNV ha sido ahora más de facilitador, de decantador de voluntades. Sabin Etxea lleva meses moviendo todos sus hilos, sin éxito, para convencer al soberanismo catalán de que permitiera la tramitación de los Presupuestos.

No pudo ser, pero los jeltzales no renuncian a ayudar a recomponer la relación entre Sánchez y los independentistas. Intuyen que es su única opción para mantener su influencia en Madrid tras el 28-A y que, además, un divorcio total podría bloquear cualquier posibilidad de avances en el autogobierno para años o incluso lustros. El PNV sabe que Sánchez fía su futuro a que la suma de PSOE y Podemos sea superior a la de las tres derechas. Difícil, pero no imposible. Y que, si lo logra, necesitará a los nacionalistas vascos y catalanes para articular su mandato. También confían en que el soberanismo pueda volver a acercarse a un hipotético futuro Gobierno socialista, sobre todo si éste jugase una carta que guarda en la manga, la del posible indulto (si es que hay condena) a los presos del 'procés'. Las alternativas ponen los pelos de punta al PNV. Y no solo la del 'tridente'. Los jeltzales no descartan un pacto PSOE-Ciudadanos pese a las promesas de Rivera e intuyen que, si esa suma arroja mayoría absoluta, las presiones del poder político y económico para propiciarla serán fortísimas. Por eso siguen cultivando su vocación de puente. Aunque el soberanismo, deseoso de convertir el juicio del 1-O en una mayoría más amplia en Cataluña, pueda preferir seguir en la confrontación. Puente, como el de Simon y Garfunkel, sobre aguas turbulentas.