A propósito del burka

La prenda que cubre a la mujer no es una expresión de identidad. Todo lo contrario, es la no-identidad, la invisibilidad, el apartamiento y la segregación

A propósito del burka
JOSÉ IBARROLA
Javier Zarzalejos
JAVIER ZARZALEJOS

Dinamarca ha sido el último país europeo en prohibir el niqab -velo que sólo deja visibles los ojos- y el burka. Antes lo han hecho Francia, Bélgica y Austria, y hasta en la multicultural Canadá, la no tan multicultural provincia de Quebec ha creado una interesante polémica jurídica y social por su conocida como 'Ley 62', que establece la obligación de mostrarse con el rostro descubierto al recibir o utilizar servicios públicos.

En España, los intentos de establecer una prohibición similar registrados en Cataluña en el nivel municipal fueron anulados por el Tribunal Supremo. Pero es posible que sea cuestión de tiempo que este debate que se está produciendo en otros países de nuestro entorno llegue al nuestro, donde el uso de esta indumentaria que determinadas tradiciones y rigorismos islámicos adjudican o imponen a la mujer se considera, en términos generales, como un fenómeno todavía marginal.

Ninguna sociedad puede existir sin unos mínimos de confianza entre sus miembros. Y en nuestro entorno cultural, la visibilidad del rostro es un presupuesto de esa confianza. Mostrar nuestro rostro, al igual que saludar estrechando la mano abierta y, por tanto, desarmada, no es algo accesorio en la interacción social. No nos imaginamos las calles con transeúntes tapados con pasamontañas; no creo que nos subiéramos a un avión con un tipo de éstos o que compartiéramos con uno de ellos la espera en la cola de una oficina bancaria. La interacción social no es posible desde el anonimato; puede caber en el espacio virtual -y ya sabemos la basura que ese anonimato esconde-, pero desde luego no en el espacio público que compartimos.

El rechazo al burka o el niqab es una cuestión que debe considerarse desde el punto de vista de la civilidad. No tiene que ver con la identidad ni étnica ni religiosa, y quien se empeña en plantearlo como una cuestión de respeto identitario debería aclarar cuáles son los límites. Porque el burka no es una expresión de identidad. Todo lo contrario, es la no-identidad, la invisibilidad, el apartamiento y la segregación. Y lo es en un doble sentido. No sólo priva a la mujer de su identidad primaria, la que se expresa en su apariencia física, sino que es la forma más estridente de privar a la mujer de su identidad moral en tanto proclama la pertenencia de ésta al hombre que no quiere que nadie la vea. El burka y el niqab no es una forma singular de estar en la sociedad; es la forma de no-estar en ella, de quedar excluida, desde la paradoja de ser invisible dentro de lo llamativo que nos puede resultar la imagen de una mujer velada.

Siempre queda el argumento de que esas mujeres no son objeto de una imposición, sino que estar cubiertas es una opción consistente con una tradición y un sentido del pudor respetable. De hecho, obligarlas a mostrar su rostro sería una forma de violentar una opción que afecta a su intimidad. En no pocos casos ésto será cierto, de ahí las dificultades prácticas de aplicar la prohibición. Pero también resulta pertinente recordar lo que Amy Guttman observa en su gran obra 'La Identidad en democracia': «Cuando el disenso requiere una temeridad poco común, la falta de disenso no se puede considerar consentimiento». Cuando se alega consentimiento, hay que plantearse el precio para quien se niegue. En 'Cisnes salvajes', su autora, Jung Chan, cuenta cómo su abuela fue obligada por las nuevas autoridades comunistas a quitarse las vendas que según la costumbre china habían deformado sus pies para impedir su crecimiento. Relata Chang el terrible dolor que suponía levantar ese vendaje que ocultaba unos pies pequeños al precio de una terrible y deliberada deformación. El rechazo a esa brutal forma de poner fin a semejante tradición no justificaría, sin embargo, dejarla pervivir en las sucesivas generaciones.

Cuando nos encontramos en la moda intelectual que pretende explicar todo fenómeno social por el 'heteropatriarcado', esa izquierda que tanto elabora sobre las relaciones culturales de dominación debería recordar la observación, desde el progresismo, de Susan Okin: «Todas las culturas son patriarcales, y muchas de las minorías culturales que reivindican derechos como grupo son más patriarcales que las culturas en las que están inmersas». Si se adopta una posición que hace del multiculturalismo el paradigma normativo deseable de organización de nuestras sociedades, habrá que recordar que las mujeres, desde la niñez, son las grandes víctimas de prácticas culturales que podrían creerse admisibles en razón de la identidad del grupo étnico o religioso al que aquellas pertenecen. No se trata sólo de las más extremas y rechazables como la mutilación genital; podemos hablar de los matrimonios forzados, de la práctica del rapto, de los matrimonios de menores y en grados de parentesco prohibidos por la legislación civil, de la poligamia, de la segregación de las niñas de su entorno escolar o de la pura y simple negativa a su escolarización, de la imposición de indumentarias discriminatorias -mucho más allá del pañuelo que cubre la cabeza- o la aceptación del maltrato como un derecho de dominio del marido sobre la esposa. Es evidente que esta enumeración no es extensible a todos los integrantes de un grupo cultural, étnico o religioso. Pero aceptar -o no desafiar- este tipo de prácticas que pueden terminar siendo objeto de una equívoca tolerancia debilita, precisamente, a los que dentro de una cultura a menudo definida por la religión rechazan plegarse a esas prácticas y asumen la ciudadanía como el presupuesto del respeto a su identidad y no como una alternativa excluyente a ésta.

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