Las prisas de Trump con Kim Jong-un

El presidente de EE UU, Donald J. Trump./Al Drago / EFE
El presidente de EE UU, Donald J. Trump. / Al Drago / EFE
Rosario Morejón Sabio
ROSARIO MOREJÓN SABIO

Donald Trump arde en deseos de hacerse con el Nobel de la Paz. Por culto a su persona, emular a su antecesor Barack Obama, por encontrar compensaciones a las lagunas de su gestión en la presidencia de Estados Unidos o quizás por acallar las confirmaciones sobre los tejemanejes que le auparon al cargo en 2016. Lo cierto es que entre sus singularidades internacionales, Trump se 'interesa' especialmente por el pueblo norcoreano. En la personalidad y las provocaciones del dictador de la República Popular Democrática de Corea, Kim Jong-un, ha encontrado un filón con el que demostrar al mundo su valía y su magnetismo negociador. Ha rebajado su estilo de 'fuego y furia' para aplacar al presidente Kim dispuesto a atacar la isla de Guam en 2017 y ha logrado dos cumbres con el dictador norcoreano: Singapur 2018 y Hanói 2019. Si el impacto del primer encuentro llevó al estadounidense a hablar de «enamoramiento» entre los líderes, el regreso de Vietnam con las manos vacías desconcierta a propios y extraños por las imprevisibles reacciones de ambas partes.

Los expertos están divididos sobre la interpretación y las consecuencias de la infructuosa cumbre de Hanói, celebrada hace unos días. No ha trascendido si se trata de un total fracaso, discrepancias profundas entre las idiosincrasias de los interlocutores o un desistimiento recíproco sobre los planes de dulcificación geoestratégica acariciados por Trump. Dado el personalismo diplomático del presidente americano, los aliados de EE UU respiran tranquilos: temían un exceso de concesiones al dirigente norcoreano. Japón, en la vanguardia de los países favorables a la «presión máxima» sobre la RPDC, se veía marginado por el cariz de las relaciones entre Pyongyang y Washington. «Ningún acuerdo es mejor que un mal acuerdo», dicen en Tokio. La pregunta es ¿dónde estamos en este affaire de misiles intercontinentales y bombas atómicas?

Una desavenencia sobre el trueque del levantamiento de las sanciones por la completa desnuclearización ha estado aparentemente en el origen de la pérdida de control de las conversaciones. Las dos partes presentan versiones diferentes: según Donald Trump, la RPDC ofrecía muy poco (parada de la central nuclear de Yongbyon, mientras otras funcionan en el país) a cambio de una supresión de «todas las sanciones internacionales». El ministro norcoreano de asuntos extranjeros, Ri Yyong-ho respondió a esta propuesta: Kim Jong-un ha solicitado el levantamiento de cinco de las baterías de sanciones de 2016 y 2017 sobre las once de las que la RPDC es objeto.

La petición norcoreana de eliminación de la mayoría de las sanciones sorprende: tomadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas desde 2006 en tiempo de Kim Jong-il, padre del actual dirigente con motivo de la primera prueba nuclear, éstas no pueden ser levantadas más que por el mencionado Consejo. Las rondas de sanciones de la ONU han ido creciendo al ritmo de los ensayos nucleares, la puesta en órbita de un satélite en 2013 y las amenazas de venganza sobre territorio estadounidense por parte del régimen de los Kim.

¿Tentativa de una parte y otra de forzar las cosas? Si éste es el caso, en el impasse hay un doble error de cálculo. Apuntan los observadores que el presidente norcoreano captó el escaso margen de maniobra de Trump para acceder a sus demandas. Pyongyang quiere encadenar un proceso en el que relanzar su economía primero, permita desarrollar el aclamado tiempo de paz en la península coreana. Desde ahí, en segunda fase acometería una desnuclearización que de ningún modo puede ser regulada como inmediata sino etapa por etapa. Trump ha podido comprender que debía desentenderse de un acuerdo que le abocaba a un nuevo frente de críticas por parte de los aliados de EE UU y de sus adversarios demócratas y republicanos. Mientras su antiguo abogado Michael Cohen declaraba en el Congreso, ¿cuántas concesiones podía permitirse el estadounidense para complacer a una de las dictaduras más terrorífica del planeta en tanto apela al uso de las armas frente al venezolano Maduro? Con Trump, según en qué casos, la democracia no es tema de su política extranjera. En el segundo pulso con Kim Jong-un ha optado por retirarse.

Envuelto en una extraña prudencia, su cometido es devolver la tranquilidad a los países del Asia Oriental y a su propio electorado. Así, con la esperanza de que Pyongyang no reanudase los ensayos nucleares y balísticos, Washington anunció el 4 de marzo, la suspensión de los ejercicios militares anuales con Corea del Sur sustituyéndolos por maniobras de menor amplitud. La contención no está siendo bilateral. Servicios secretos surcoreanos y la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) atestiguan imágenes de satélite probando la reanudación del programa nuclear de la RPDC.

Para Kim Jong-un, el regreso de Hanói no puede más que colmar de satisfacción a su pueblo. 'El amado líder', gracias a dos encuentros en el plazo de ocho meses con el enemigo jurado, se ha otorgado un estatus de hombre de Estado en el escenario mundial que debe dignificar. Él había accedido a desmantelar las bases de lanzamiento de satélites y de misiles intercontinentales en las negociaciones de Singapur con Donald Trump y en una cumbre posterior con el presidente surcoreano Moon Jae-in. Los estadounidenses acaban de comprender que las exigencias de seguridad son primordiales para la RPDC, «mucho más importantes que el levantamiento de sanciones» o el hambre de su gente. En su discurso de Año Nuevo, Kim lo advirtió: Corea del Norte encontraría «un nuevo medio» si EE UU mantenía sus sanciones. La persuasión de Trump no funciona con la hiper-personalización de la RPDC. La diplomacia multilateral debería ocuparse con mayor protagonismo del equilibrio de una península, centro neurálgico hoy de la nueva geopolítica.