Hacia el principio del fin del régimen chavista

Venezolanos en México celebran la autoproclamación de Guidó como presidente de Venezuela./EFE
Venezolanos en México celebran la autoproclamación de Guidó como presidente de Venezuela. / EFE
ROGELIO NÚÑEZ

Los sucesos en Venezuela en este arranque de 2019 se han acelerado de forma precipitada y han situado al régimen chavista, encabezado desde 2013 por Nicolás Maduro, en su momento más complejo y difícil desde el golpe de estado de 2002. La proclamación de Juan Guaidó (presidente de la Asamblea Nacional) como presidente encargado, en abierto reto a Maduro, abre numerosos interrogantes sobre el futuro a corto plazo del país.

La clave de esta situación pasa por el papel que jueguen las Fuerzas Armadas, que son el único pilar en el que se apoya el heredero de Chávez. Y ese es el gran enigma: no si van a jugar un papel sino qué rol va a desempeñar el ejército. Las FFAA venezolanas no son un bloque compacto sino que están seriamente divididas y fracturadas como se ha podido comprobar en los últimos años. La cúpula, vinculada ideológica y, sobre todo, económicamente al régimen, se ha situado al lado de Maduro.

Pero las grietas abundan en el interior de la institución. Y esas grietas se irán haciendo cada vez más grandes y afectando incluso a la fidelidad de la cúpula a medida que el aislamiento internacional del régimen se acentúe y en la medida en la que las protestas populares no solo no decaigan sino que se incrementen. En su discurso del miércoles, Maduro solo pudo vanagloriarse del apoyo recibido de Turquía, lo cual no hace sino desnudar su soledad internacional. Una soledad que se va a incrementar cuando la UE (siempre lenta en sus tomas de posición) finalmente transite por donde ya han ido Estados Unidos y la mayoría de los países latinoamericanos. Prueba de que eso va a pasar son las palabras del ministro de Exteriores, Josep Borrell, cuando señala que trabaja «para garantizar las elecciones, que son la única salida. Tenemos que evitar que la cosa vaya a peor. El Gobierno de Maduro no es un Gobierno legítimo que haya nacido de unas elecciones legítimas».

La tentación del régimen de aplastar las protestas utilizando el ejército es inviable. Las actuales Fuerzas Armadas llevan en su 'adn' un rechazo congénito a salir a las calles para reprimir manifestaciones populares. Esta postura nace del papel que jugaron en 1989, durante el 'Caracazo', cuando el Gobierno de Carlos Andrés Pérez utilizó al ejército para reprimir las protestas populares. Aquello indignó de tal manera a las FFAA (Hugo Chávez fue hijo de esa indignación), que es inconcebible que ello vuelva a acontecer. Y más en un ejército formado en valores 'bolivarianos' de 'comunión' entre el ejército y el «pueblo».

Ante esa disyuntiva el margen de acción, interno y externo, del Gobierno chavista es muy limitado. No puede salir abiertamente a reprimir ni negociar su fin anticipado convocando elecciones. Maduro, que en realidad encabeza desde 2015 un golpe de estado permanente vaciando de contenido a la opositora Asamblea Nacional, cooptando al resto de instituciones y manipulando los procesos electorales, va a pasar de ningunear a Guaidó, como ha hecho hasta ahora, a verle como un peligro para su supervivencia. En cuanto traspase la línea de la actual represión a otra a gran escala el ejército no le va a poder seguir por esa senda y sin sustento el presidente tendrá los tiempos acotados. Se abrirá entonces el tiempo para unas elecciones justas y libres, a diferencia de las de mayo de 2018 en las que Maduro fue 'reelecto'.

A esa vía es a la que apunta Felipe González cuando afirma que «los militares no tienen por qué dar un golpe de estado, con que reconozcan que Maduro es ilegítimo desde el punto de vista de su Constitución y no lo sigan sosteniendo con eso se abre el espacio para una transición». Guaidó, consciente del papel que juegan las FFAA y de que Venezuela necesita al ejército, ha tendido puentes y la Asamblea Nacional ha aprobado una Ley de Amnistía que, en teoría, daría a los militares un incentivo para colaborar en el «restablecimiento del orden».

Otra estrategia que puede desplegar Maduro, que ha utilizado desde que accedió al poder, es dilatar los tiempos por medio de 'negociaciones trampa' que siempre le acabaron reforzando a él y a su régimen, y que sacaron a relucir las numerosas contradicciones de una oposición heterogénea y poco cohesionada. Como apunta uno de los analistas venezolanos más sutiles, Luis V. León, «es un momento de riesgo para Maduro, pero difícil y complejo también para la oposición, un clásico de los momentos de incertidumbre. El problema es que cuanto más se demore en consolidarse un cambio, más difícil será mantener el ánimo, la esperanza y la unidad».

Lo que resta no va a ser ni fácil ni rápido, pero sin duda un periodo de la historia de Venezuela llega a su fin. La muerte de Chávez en 2013 y la depresión económica que vive el país desde 2011 fueron, parafraseando a Winston Churchill, el fin del principio. La proclamación de Juan Guaidó representa el principio del fin para un régimen chavista que deja como legado un país sin consensos básicos, dividido y fracturado, una economía en depresión y una sociedad empobrecida.

El futuro Gobierno, sea el que sea, deberá llevar a cabo una obra titánica en un triple sentido: cerrar las heridas, tendiendo puentes con el chavismo y poniendo fin a las odiosidades políticas que han enfrentado a los venezolanos; ordenar una economía colapsada por un alto déficit fiscal, una elevada deuda externa y una enloquecida hiperinflación; y acabar con la tragedia humana que supone 'el éxodo bíblico' de unos cuatro millones de emigrados huyendo de la pobreza, el desabastecimiento y la hambruna.