Presos y política penitenciaria

Me gustaría estar hoy en las calles de Bilbao y pedir humanidad para ellos, pero no puedo hacerlo con sus lemas, con su falta de empatía para con las familias de sus víctimas

Presos y política penitenciaria
Jesús Prieto Mendaza
JESÚS PRIETO MENDAZA

Es probable que lea este artículo coincidiendo con el paso de una gran manifestación por las calles de Bilbao (quizás también con algún movimiento del Gobierno de España en materia de política penitenciaria) que pide el acercamiento de los presos terroristas a cárceles cercanas y la excarcelación de los presos con dolencias graves. Bien, he mantenido públicamente que me gustaría acompañarles, empatizar con madres y padres que sufren por el delito cometido por sus hijos y tan sólo reivindican la necesaria humanización de sus penas; más aún en esta ocasión, cuando el manifiesto de presentación en Vitoria ha sido leído por una persona a quien quiero y aprecio. Y, sin embargo, un año más, no voy a acudir. Me ha bastado un recorrido por los portales y redes sociales de las organizaciones que llaman a sumarse a la misma, para encontrarme, de nuevo, con viejas consignas y eufemismos. Una vez más se refieren a crueles asesinos como presos políticos y represaliados; como activistas del Movimiento Vasco o militantes por la Liberación nacional; como patriotas que optaron por una vía, quizás dolorosa, pero respetable; como vascos que sufren injustamente en las cárceles de exterminio de España y Francia; como torturados a manos de crueles funcionarios que aplican una política de venganza; como héroes a los que debemos recibir al ser excarcelados por dar los mejores años de su vida por nuestra causa; como ciudadanos nobles cuyo único delito fue amar profundamente a Euskal Herria. Ni un mensaje de arrepentimiento, ni una señal de rechazo por la crueldad ejercida, ni un reproche al universo ideológico que les empujó al asesinato y a la cárcel, ni un mínimo balbuceo que pueda llevar a sus víctimas a otorgar el preciado don del perdón y sí, curiosa paradoja, desprecio hacia el Gobierno español por los acercamientos emprendidos o las modificaciones con respecto a la libertad para presos enfermos de gravedad. Qué terrible decepción, constatar cómo tras un renovado envoltorio, uno se encuentra con las viejas medias verdades de siempre.

Me ocurre todos los años esta misma tarde, habitualmente fría y gris, únicamente puedo pensar en la infinita generosidad de Nati, Sara, Marta y Carlos, la familia de Fernando Buesa. En el abuelo Bernardo, en Toño, Begoña o Lorena, la familia de Jorge Díez Elorza, en su dolor no superado, en las desgarradoras visitas al cementerio de San Vicente de Arana. Pienso en la viuda de Maxi Casado, en aquella imagen grabada en mi retina en una capilla ardiente poco concurrida. Y en Maixabel Lasa, en su ciclópea tarea para reconstruir el recuerdo, amado, de su esposo asesinado, a través del perdón demandado por quien lo asesinó. Y, con ellas, me reencuentro con otras víctimas del terrorismo, como es el caso de Pili Zabala, una mujer a la que siento cerca y con la que cada ocasión de encuentro dibuja en las páginas de nuestro futuro la palabra reconciliación, con letras mayúsculas. Son momentos en los que pienso también en los años de soledad. Recuerdo la frialdad de la sala de cine aquel día en que fui a ver '13 entre mil', ese descarnado testimonio de las víctimas, dirigido por Iñaki Arteta. Estábamos en la sala ocho personas. Tan sólo ocho personas. Y no puedo evadirme de esta necesidad de reflexión sobre todo ello. Miles de personas reivindicando el acercamiento de los victimarios, en el espacio público, en las calles, y, por el contrario, únicamente ocho personas, en el espacio privado, en una pequeña sala de proyección, recordando a las víctimas. Evidente desequilibrio. Repito que me gustaría estar en las calles de Bilbao, me gustaría pedir humanidad para ellos, desearía que sus familias no sufrieran más... pero hoy no puedo estar con ellos, con sus lemas, con su falta de empatía para con las familias de sus víctimas, con su defensa constante de la nobleza de su terror, con el aplauso público a su militancia, con su reivindicación de la humanidad sin mostrar ni un atisbo de humanidad.

Eric Hoffer, en su análisis sobre el odio, decía que «la fase más expansiva de un movimiento de masas está protagonizada por el individuo cuyo fanatismo, odio e intolerancia, se nutre de una profunda frustración interna, de una desafección radical ante la existencia que llevaba antes de consagrarse a la victoria de su movimiento. Por eso precisa rechazar absolutamente su pasado y su presente y volcarse en un radiante porvenir, sobre el que proyecta su autosacrificio y la intolerancia hacia quienes considera sus enemigos». Bien, en mi opinión, Hoffer nos marca el camino, ya que el victimario para conseguir rehumanizarse, y ser considerado de nuevo como un ser social, necesariamente ha de deconstruir su «sacrificio» para aceptar que no fue tal y que tan sólo la víctima, inerte, fue la sacrificada en el altar de su intolerancia. Pero no es así. Un año más, este universo ideológico pierde la oportunidad de dar un paso valiente y dolerse ante sus víctimas por el sufrimiento generado, para siquiera poder pedir, humildemente, que se entienda también su sufrir. Se repiten los mismos eslóganes que escucho de forma ininterrumpida desde mi adolescencia, consignas extemporáneas que me sitúan en un 'viejo tiempo' en vez de en los reivindicados 'nuevos tiempos'. Todo este cúmulo de circunstancias me impide estar hoy en las calles de Bilbao reivindicando la humanidad, la clemencia quizás.

Los destinatarios últimos de esta marcha tendrán el apoyo de miles de personas, pero un sector social, quizás minoritario, pero que a ellos y ellas les debiera de resultar imprescindible, terapéuticamente imprescindible, no les ha acompañado esta tarde: las víctimas. No ha resultado fácil esta reflexión, pues no quiero perder la humanidad que me define, y la humanización de las penas es una exigencia democrática, pero creo necesario mostrar las carencias de determinados discursos que se justifican en una «mayoría social». Lo denunció Hoffer: «La técnica del movimiento de masas aspira a infectar a las personas con una enfermedad y, a continuación, ofrecer al movimiento como cura».

 

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