Un 8-M populista

El feminismo radical tenía como objetivo fijar que la reivindicación es monopolio de la izquierda

Un 8-M populista
Borja Agudo
Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

En los tiempos en los que el Primero de Mayo gozaba de un verdadero glamour y en los que los líderes políticos se sacaban la foto en la pancarta junto a los líderes obreros (hablo de la década prodigiosa que siguió a la muerte de Franco, la del tándem Camacho y Redondo), se clamaba de forma recurrente por la unidad sindical. No es que ese mundo de los sindicatos de finales de los 70 y de la década de los 80 fuera el paraíso en la Tierra y no hubiera diferencias o fricciones entre ellos. Las había. Había una sopa de letras en la que cabían socialdemócratas, marxistas de todas las ramas, anarquistas, democratacristianos y hasta nacionalistas. Pero, cuando llegaba la fiesta del trabajo, de lo que se trataba era de unir fuerzas en las coincidencias. En el pasado 8-M, se trató exactamente de lo contrario. Nunca una causa estuvo tan dividida como la de la mujer. Y nunca las divisiones fueron ni tan agresivas ni tan injustificadas. El propio hecho de la convocatoria de huelga reclamaba, paradójicamente, esa unidad.

Una huelga requiere de un contexto mínimamente dramático que la justifique y que el pasado 8-M no se dio. Una huelga se convoca para poner fin a una situación de injusticia que se juzga intolerable o para reclamar una medida que se considera inaplazable. Ninguna medida concreta ni específica se reclamó ese día y ninguna medida específica ni concreta saldrá de aquella huelga y aquella manifestación porque, para empezar, el propio manifiesto era una carta a los Reyes Magos. Se pedían tantas cosas que unas iban contra otras. Como, además de feminista, ese texto era antimilitarista, iba contra las mujeres que forman parte del Ejército. Como era ecologista, iba contra las mujeres que trabajan en una central nuclear. Como era radical, iba contra las mujeres moderadas. Como era tan utópico, iba contra las mujeres que tienen un sentido práctico. Como era de izquierdas, iba contra las mujeres de derechas. Como era anticapitalista, no solo negaba las conquistas sociales y laborales que ha alcanzado la mujer en nuestras sociedades sino las que puede y debe alcanzar en adelante dentro de una 'burguesa' economía de mercado.

El feminismo radical del pasado 8-M solo tenía un objetivo que nunca tuvo el sindicalismo: fijar el dogma de que las reivindicaciones de la mujer son monopolio de la izquierda. Y, sin embargo, el PP debió estar en ese 8-M para recordar, como hizo Ciudadanos, que hay un feminismo liberal, que es el que ha logrado todos esos avances que nunca preocuparon al socialismo real. No lo hizo por miedo a Vox y a su populismo reaccionario, que desbarra en la dirección contraria y que sostiene que la mujer está en el mejor de los mundos posibles. El 8-M será un triunfo cuando lo celebren la derecha y la izquierda, como hoy se celebra, unánimemente y sin hacerle ningún asco, el puente del Primero de Mayo.