Poder masculino

La ausencia de mujeres en la cúspide del poder en Euskadi invita a reflexionar sobre una singularidad insostenible en un país avanzado

Poder masculino
Jose Ibarrola
EL CORREO

La igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres es un objetivo que se va abriendo paso, aunque con menos intensidad de la deseable, y que por fin ha encontrado un hueco en la agenda de prioridades de las instituciones para favorecer su consecución. No obstante, la lucha de largo aliento que requiere en múltiples frentes para hacerse realidad apenas ha empezado a librarse. La creciente toma de conciencia social sobre la necesidad de suprimir las desigualdades que sufre la mitad de la población por razones de género se ha traducido en avances, aunque todavía insuficientes. Entre ellos no es el menor el reconocimiento generalizado de la justicia de tal reivindicación, incluso por parte de quienes la han aparcado y hecho inviable hasta ahora. Los mensajes y las propuestas para corregir una situación inaceptable han sido incorporados con normalidad por gobiernos y partidos de diverso signo, que ahora han puesto el acento en esta materia al celebrarse el Día Internacional de la Mujer en pleno periodo preelectoral.

El ámbito institucional es uno de los que cuenta con una mayor presencia femenina. Sin embargo, pese al notable protagonismo adquirido por las mujeres en puestos de relevancia política en las últimas décadas, resulta significativo el contraste entre el liderazgo que Euskadi se atribuye en perspectiva de género y el hecho de que desde el inicio de la Transición solo haya habido hombres al frente del Gobierno vasco, las diputaciones y los ayuntamientos de las tres capitales. En ese tiempo cinco lehendakaris han desfilado por Ajuria Enea, Bizkaia ha tenido cinco diputados generales, ocho Gipuzkoa y nueve Álava. Además, Bilbao ha dispuesto de ocho alcaldes, de seis San Sebastián y de cinco Vitoria. A diferencia de la inmensa mayoría de las comunidades autónomas, ni uno solo de esos 46 cargos en la cúspide del poder es mujer. Es cierto que esa misma carencia se repite en los organigramas de las principales empresas y en entidades con un notable peso social. Pero tal coincidencia no debe servir de coartada de unos respecto a otros, sino como motivo de reflexión sobre un desequilibrio que no es sostenible en un país avanzado.