Pobreza y paro, sinónimos de nuestra era

Pobreza y paro, sinónimos de nuestra era
Rafa Gutierrez
FRANCISCO MESONEROFundación Adecco

Ayer se celebró el Día Internacional de la Justicia Social, un concepto que nos brinda un marco excepcional para reflexionar sobre las personas que encuentran más dificultades en el llamado 'cuarto mundo', viéndose abocadas a la pobreza y a la exclusión dentro de los países desarrollados. Esta situación, fruto de una distribución desigual de la riqueza, propicia un gap entre la población más rica y la más pobre, abriendo una brecha que puede llegar a convertirse en abismo.

Las causas que subyacen tras la pobreza pueden ser muchas, pero un denominador común parece concurrir en todas ellas: el desempleo. El paro estructural aboca a la pobreza con todas sus consecuencias: además de la carencia material severa que llega a suponer, propicia la marginación, la exclusión social o el deterioro de la salud emocional. El aliciente laboral ya no es sólo económico, sino también el mayor recurso para encontrar la realización personal y la dignidad en las sociedades contemporáneas.

Y si bien las últimas cifras de desempleo parecen alentadoras, seguimos midiendo la riqueza en términos macroeconómicos, sin asegurarnos de que los efectos de la recuperación llegan realmente a las personas. El descenso del paro o el aumento de la contratación deben ir acompañados de un desarrollo equitativo, sostenible y justo, que sea extensible a la totalidad de los ciudadanos. Pues de lo contrario, estaremos corrigiendo el déficit económico, pero contrayendo una deuda social cada vez mayor.

Algunos segmentos de la población parecen estar sistemáticamente expuestos a la pobreza, independientemente de la coyuntura de crisis, estabilidad o bonanza. Me refiero a aquéllos que cuentan con una menor formación que, unida a circunstancias como la discapacidad, una edad superior a los 55 años o responsabilidades familiares no compartidas, se convierten en el blanco perfecto de la pobreza y exclusión. Curiosamente, todos ellos encuentran dificultades añadidas para la consecución de un puesto de trabajo, lo que nos lleva a la conclusión de que paro y pobreza terminan por convertirse en sinónimos. En el País Vasco, donde un 14,5% de la población se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión (por debajo de la media nacional, del 26,6%), la tasa de desempleo es precisamente la más baja de España, afectando a un 9,5% de la población activa, frente al 14% nacional. Desempleo y pobreza van, pues, de la mano.

En este escenario, resulta obligado reformular las políticas activas de empleo, en aras de garantizar que el trabajo llega a todos los sectores de la población, acercando a los ciudadanos con más dificultades las competencias y recursos necesarios para que puedan encontrar un empleo que dignifique su vida.

En la misma línea, se torna fundamental erradicar la ristra de prejuicios y estereotipos que alejan del empleo siempre a los mismos, y que refuerzan una espiral de desigualdad, pobreza y exclusión de difícil salida. Desperdiciar el talento con discapacidad o mayor de 55 años, ya no es sólo un síntoma de inmadurez e injusticia social, sino un indicio de falta de competitividad y visión a largo plazo, en una sociedad que reclama la participación de todos los ciudadanos.

Recordemos que el País Vasco ha alcanzado su mayor índice de envejecimiento de toda la serie histórica, un 147% (147 mayores de 64 años por cada 100 menores de 16), por encima del nacional, del 120%, y que la ausencia de relevo generacional sólo puede subsanarse si todas las personas encontramos oportunidades reales de empleo. La diversidad se impone y negarla es nadar a contracorriente.