Plagio

En literatura lo único que justifica el robo es que el resultado sea mejor que lo robado

Plagio
EFE
Maria Maizkurrena
MARIA MAIZKURRENA

El calor de la actividad de comunicación pública, ejercida actualmente entre fricciones que despiden chispas y conexiones que producen fogonazos sobre la ancha zona en sombra de cercanas galaxias; esa presión, esa urgencia tienen el poder de deformar el lenguaje, traicionar el diccionario y levantar versiones que chocan y giran en el mareante ruido de las máquinas de mensajes. A veces el ruido es el mensaje. Ya la palabra plagio ha sido redefinida por repetidos actos de habla: las citas son plagio, las referencias son plagio y cuando se mencionan los programas informáticos que detectan coincidencias entre textos se habla de porcentaje de plagio como si toda coincidencia lo fuera. Las obras académicas tienen kilos de citas, pero si son citas no son plagio ni aunque ocupen un tercio de sus páginas. En cambio un verso colocado a traición, sin decir de dónde ha salido, es plagio aunque sólo sea un verso. Y si es lo mejor del poema la cosa tiene delito; en literatura lo único que justifica el robo es que el resultado sea mejor que lo robado.

Los que se plagian mucho entre sí son los cantautores de la esfera pop-rock, pero es que aquí contrasta el ego monstruoso de las figuras con la vida de las creaciones, la mezcla, la recreación, el collage, la cita y la copia que pululan como monstruos metamórficos en esa especie de romancero contemporáneo. Por contraste en el mundo académico estas cosas deben estar severamente vigiladas y reglamentadas. En cuanto a la literatura, donde se exige una originalidad casi imposible, con frecuencia se dan conductas de apropiación y robo. Pero tanto los autores que roban ideas o textos como aquellas personas que acusan a quienes entran en el juego de la tradición o en un diálogo intertextual con otra obra se valen de que, como dice Manuel Francisco Reina en su libro 'El plagio como una de las bellas artes': «el común de los mortales no sabe, ni le importa, qué es el plagio y qué no lo es». El plagio, palabra misteriosa para el común de los mortales, sirve para agitar las pantallas a la hora de las noticias y las tertulias. Cuanto más prestigio tiene un autor, más le daña la acusación y, sobre todo, la prueba. Para quien vive de la fama y el famoseo, un escándalo así es lluvia benéfica que resbala por un rostro de cemento. Al pobre Bryce Echenique, en cambio, le pillaron plagiando artículos completos en sus horas bajas (literatura y periodismo están íntimamente conectados, a veces coinciden) y le quedó una mancha imborrable en la biografía. Lo mismo han hecho autores ínfimos o escasamente populares y no ha trascendido, acaso porque el escándalo no era rentable ni escándalo siquiera. Luego, con tanto cinismo y tanta defensa, a veces cínica a veces irónica, del plagio, hay quien se confunde y cree que éste es la sola base de la literatura de nuestro tiempo. Y a veces cuela, hasta que deja de colar.