Pintar trenes

Los grafitis se acercan al Código Penal y se alejan del arte urbano

Pintar trenes
Borja Agudo
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Si en su día los trenes simbolizaron la civilización, hoy se las arreglan para simbolizar la civilidad. La idea que nos hacemos de un país cuando comprobamos que sus trenes son modernos, limpios y puntuales es inmejorable. Matizado por la costumbre, el fenómeno funciona igual con nuestros propios trenes, que son por lo general bastante modernos, limpios y puntuales. A poco que uno conserve dos neuronas y disponga de una idea general sobre cómo funciona el mundo, sería lógico sentir la misma mezcla de orgullo y privilegio cuando visitamos una buena biblioteca pública o se nos atiende con diligencia en el ambulatorio.

Ahora iba a escribir que detener un tren para llenarlo de pintadas debería ser tan inimaginable como parar a un médico para llenarlo de patadas. Pero, claro, el personal sanitario ya está recibiendo. Así que el símil tendrá que esfumarse. Chao, símil. Escuchemos mientras tanto a los operadores ferroviarios del país. Quieren que lo de grafitear vagones regrese al Código Penal. Son ellos quienes retiran las unidades atacadas. Y las limpian. Y lo pagan. Eso explica que no hablen de jóvenes artistas alternativos pulverizando rabia sobre los vagones. Hablan más bien de «grupos delictivos coordinados que descargan indistintamente sobre instalaciones, material móvil, viajeros, empleados y vigilantes de seguridad». 

Es la amenaza al prójimo lo que refuerza la idea del ilícito penal. Y es algo que entre nosotros comienza a darse con cierta frecuencia. Sucedió hace unos días en Sestao. Freno de emergencia, zafarrancho de grafiteros, pasajeros atemorizados y vagón del metro que termina con los créditos de 'El Príncipe de Bel Air' en el exterior. Nota al margen: tampoco es tan moderno ya esto del grafiti. Para diferenciar estas acciones de lo que es pintar un muro, en Euskotren señalan la «intrusión en la operativa de los trenes». Esto tiene que ver con los retrasos, los gastos y los problemas que ocasionan las unidades que se retiran, pero también con algo que quizá se olvide. Para quien tiene bajo su responsabilidad un complejo servicio de transporte que mueve cada día a cientos y cientos de miles de ciudadanos no debe de ser muy gracioso ver deslizarse por un punto de la red a un grupo organizado de encapuchados. Es un 'hobby' demasiado oneroso el de los grafiteros ferroviarios. En más de una dirección.

 

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