Lo que piden las víctimas

Las instituciones, en vez de haber estado coordinadas para paliar la catástrofe, han estado a otra cosa, han estado al 'procés'

Pedor Sánchez y los Reyes han presidido en la plaza de Catalunya los actos de homenaje a las víctimas de los atentados del 17 de agosto./EFE
Pedor Sánchez y los Reyes han presidido en la plaza de Catalunya los actos de homenaje a las víctimas de los atentados del 17 de agosto. / EFE
PEDRO JOSÉ CHACÓN

Los actos celebrados en Barcelona con motivo del primer aniversario de los atentados de Las Ramblas y con su continuación siniestra en Cambrils han querido dar un exclusivo protagonismo a las víctimas, que es lo mejor que se ha podido hacer, sin duda, dentro de la tristeza y de la perplejidad que nos invade al año de un acontecimiento tan terrible, absurdo y radicalmente innecesario como es siempre un atentado terrorista.

Todo el mundo ha tenido claro, con motivo de estos actos, quiénes fueron las víctimas de una salvajada como la que vivimos entonces. Fueron dieciséis las víctimas, quince en Barcelona y una en Cambrils, de las cuales cinco eran españolas, tres italianas, dos portuguesas, una belga, una canadiense, una estadounidense, una alemana y dos con doble nacionalidad, hispano-argentina y australiano-británica. Y es que los asesinos buscaron matar a cualquier persona que atropellaran con su furgoneta en un paseo tan típicamente turístico como el de Las Ramblas.

No fue un atentado contra España, ni contra Cataluña, aunque se produjera en Barcelona y Cambrils. Fue un atentado contra la humanidad. Ni siquiera contra la civilización occidental, porque el asesino que conducía la furgoneta no tenía ni idea de a quiénes se llevaba por delante en su huida a ninguna parte. De hecho, si ampliamos el radio de víctimas a los 155 heridos, encontramos entre ellos a tres marroquíes, de la misma nacionalidad que los asesinos.

Fue un sinsentido tan grande lo que ocurrió hace ahora un año y que nos conmovió tanto, que extraer consecuencias políticas de aquello resulta inútil, no lleva a ninguna parte. El terrorismo no tiene nada que ver con la política, en ninguna de sus manifestaciones. No hay política donde hay terror. O dicho de otro modo, el terror pretende acabar con la política, que se basa en la negociación, el acuerdo, la transacción, dentro de una comunidad de intereses compartidos. Por eso han quedado tan extemporáneos y fuera de lugar los intentos que se han dado para relacionar los atentados con el procés: desde la carta de los políticos presos, relacionando al CNI con el imán de Ripoll, supuesto adoctrinador de los terroristas, hasta la presencia de la mujer del consejero encarcelado Joaquim Forn, al lado de Torra, en los saludos a las autoridades asistentes a los actos, pasando por las pancartas contra el Rey, ostentosamente expuestas en los alrededores del acto.

Las víctimas, en definitiva, y solo las víctimas han dado sentido a un acto en el que se trataba de reconfortarlas, de acompañarlas en su dolor, en un dolor tan difícil de soportar cuando no se le encuentra sentido a lo que ha pasado, como siempre pasa con un acto terrorista. El dolor necesita de sentido para ser sobrellevado. Por eso todas las víctimas supervivientes de un acto terrorista quieren saber, porque comprendiendo se atenúa el dolor. Pero en un caso de terrorismo no hay consuelo, solo sinsentido. Y por eso la tentación de dárselo es tan grande, tanto por quien lo padece como por quien aprovecha la situación para darle un sentido cuando no lo hay.

Las víctimas de los atentados de Barcelona y Cambrils han visto cómo las autoridades que deberían haber estado coordinadas desde el minuto uno solo para paliar las consecuencias de la catástrofe sobrevenida en sus vidas, estaban a otras cosas, y donde el protagonismo político y social absoluto en Cataluña durante el último año lo ha tenido un 'procés' que a las pocas semanas de los atentados organizaba una Diada lo más reivindicativa posible y quince días después iniciaba lo que ellos llamaron la desconexión con el resto del Estado.

Y han tenido que ser ahora las víctimas de aquellos luctuosos hechos las que precisamente han contribuido mejor que nadie -con su protagonismo en los actos- para que las relaciones rotas entre los políticos que nos gobiernan puedan volver a unirse.

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