Periodismo y futuro

Periodismo y futuro
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FERNANDO BELZUNCE

Los diarios que responden a la calificación de prensa seria constituyen, si se piensa detenidamente en ello, productos de altísima calidad cuya elaboración no deja de ser un milagro diario. Se trata de publicaciones que cada día proponen a sus lectores un conjunto de informaciones de interés, seleccionadas por un equipo de profesionales cualificados. Noticias investigadas, redactadas y jerarquizadas por periodistas, que también las han editado y diseñado para facilitar su lectura y comprensión. Contenidos que reúnen diferentes puntos de vista y que aportan datos y ciertas claves para ayudar a su audiencia a comprender mejor algunos hechos y, en definitiva, a formarse un criterio propio.

Son medios que cometen errores humanos, desde luego, pero tienen un número infinitamente superior de aciertos porque responden a una organización profesional que, para empezar, se preocupa de contrastar y verificar las informaciones que publica. Desempeñan un trabajo que está sujeto a un proceso de control de la calidad, y que acarrea un ejercicio de responsabilidad que, entre otras cosas, hace que cada noticia lleve el nombre y el apellido de su propio autor. Periódicos independientes de este tipo ejercen además una función esencial como contrapoderes, asumiendo un rol vigilante de los gestores públicos y de los políticos que manejan las instituciones, así como del comportamiento de ciertos grupos de presión e interés. Tienen un compromiso con su sociedad y su papel es fundamental en la defensa de las libertades. Son, en definitiva, vitales para la salud democrática.

Estos diarios conviven en el actual ecosistema informativo con las grandes plataformas de la comunicación en Internet, como Google, Twitter o Facebook, propietarias, a su vez, de todo un entramado de marcas digitales, entre ellas YouTube o Instagram. Firmas tecnológicas que dominan Internet de forma abrumadora y que han protagonizado toda una revolución al transformar completamente el modo en que circula y se consume la información. Tan impactante resulta su dominio que podría decirse que dictan las reglas del mayor mercado de contenidos de la historia sin tener siquiera contenidos propios. Representan para muchos el paradigma de la modernidad en contraste con un modelo, el de los periódicos, que algunos asocian no ya a la tradición, sino al pasado.

En torno a la convivencia de estos dos modelos tan confrontados surgen importantes preguntas. ¿Han contribuido estas multinacionales, con sus inmensos recursos, a mejorar la calidad de la información de alguna manera? ¿Es mejor la información que manejan sus usuarios y la manera en que la consumen? No son cuestiones sin importancia y merecen una reflexión colectiva. Episodios como el 'Brexit' o las últimas elecciones americanas, por citar los más conocidos, evidencian los enormes riesgos a los que se enfrenta la sociedad, expuesta como nunca a ambiciosos planes de manipulación impulsados desde oscuros grupos de interés.

En el recuerdo sigue el caso de Cambridge Analytica, la consultora contratada por Donald Trump que accedió de forma ilegal a los datos personales de unos 87 millones de usuarios de Facebook para tratar de manipular su voto. O la campaña de desinformación que, según la investigación del FBI, fue organizada desde Rusia y supuso la creación de miles de perfiles falsos y 'trolls' en Twitter, la aparición de cientos de noticias falsas en el buscador de Google y la expansión de todo tipo de mentiras intencionadas en Facebook, impactando a unos 150 millones de americanos.

Portavoces de estas compañías han defendido en diferentes momentos que no siempre pueden evitar este tipo de sucesos causados por agentes externos, causando el desconcierto de algunos investigadores que recuerdan las cifras que ilustran su descomunal poder. La matriz de Google ingresó el año pasado 84.605 millones de euros, un 20% más que el anterior, y Facebook recaudó 32.750 millones de euros, un 47% más. Destinan, en cambio, recursos muy modestos al control y al seguimiento de los contenidos que circulan por sus plataformas, lo que motivó en el pasado quejas internas y dimisiones de algunos de sus responsables. Se trata de empresas con una posición tecnológica tan dominante que durante años han conseguido que Internet se construya en torno a sus preferencias y a su estrategia comercial, constituyendo en la práctica un fenómeno conocido como duopolio digital. ¿De verdad representan un modelo a seguir? ¿El futuro de la información debe ir por ese camino?

La considerada prensa seria está especializada en contar muy bien lo que sucede ahí fuera. Lo hace en el soporte impreso y en el digital, donde lleva a cabo un importante esfuerzo editorial y tecnológico que supone fuertes inversiones sin perder de vista la rentabilidad económica. Porque la independencia es esencial en el ejercicio del periodismo. Estos periódicos tienen sus propias reglas, que son muy distintas, desde luego, a las de estas plataformas, y que básicamente están establecidas en base al compromiso que mantienen con sus lectores. Su modelo viene del pasado, sí. De un modelo, el de los diarios, que funciona desde hace siglos en todo el mundo y que se adapta continuamente a las demandas de la sociedad. Un paradigma que para algunos puede que no sea tan moderno como el de Google o Facebook, pero que para muchos se presenta ya como el único futuro deseable.

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