Ahora mismo, como peras al olmo

Arnaldo Otegi./Blanca Saenz de Castillo
Arnaldo Otegi. / Blanca Saenz de Castillo
Xabier Gurrutxaga
XABIER GURRUTXAGA

Arnaldo Otegi realizó el pasado domingo unas declaraciones en TV3 sobre Ernest Lluch que resultaron ofensivas para muchos y cínicas para muchísimos más. La causa de la indignación no está en lo que manifestó sino en el cinismo que representa el hecho de alabar la figura de Lluch, asesinado por ETA, como racional y defensora del diálogo, sin que aprovechara la ocasión para efectuar una condena expresa de aquel asesinato, sin necesidad de que se lo preguntara el periodista. Palabras laudatorias de Otegi sobre el militante del PSC que ETA 'ejecutó' y que la izquierda abertzale nunca tuvo la valentía de condenar ni de plantarse ante aquella deriva militarista. Rosa Lluch, hija del socialista asesinado, ha afirmado que no le molestaron las palabras de Otegi, pero que a su juicio debería haber condenado, no solo el asesinato de su padre, sino «todos los asesinatos, secuestros y violencias que ha ejercido ETA». Toda una lección de serenidad al mismo tiempo que de firmeza democrática como exigencia ineludible en el terreno ético y político.

Más allá de la ignominia o del cinismo, lo que interesa examinar es por qué la izquierda abertzale se resiste a efectuar la condena de ETA. Decía Otegi en esa entrevista, cuando apelaba a la posición constructiva de Lluch, que si uno tiene un problema, lo tiene que reconocer y después resolverlo. Apliquemos esta regla de oro a su formación. Es obvio que la inmensa mayoría de los vascos exige a la izquierda abertzale que revise autocríticamente su trayectoria, especialmente por su posición de subordinación a ETA. Aunque afortunadamente ETA ya desapareció, es obvio que la izquierda abertzale tiene un problema de raíz profunda que lastra su proyecto. Es cierto que dirigentes como Otegi entendieron allá por 2008 que la continuidad de ETA se había convertido en un problema grave para el proyecto que deseaban articular. Hay que reconocer que en ese empeño de cierre del ciclo de la violencia etarra su contribución fue muy importante para llevar el binomio ETA-izquierda abertzale a un nuevo escenario donde se produciría el 'adiós a las armas'. Sin embargo, en las razones expuestas no hay el más mínimo cuestionamiento de la estrategia combinada de lo político y militar llevada a cabo desde aquel binomio. Es más, la explicación interna sonrojaría a más de uno, pues se viene a decir que si ahora es posible la estrategia democrática, es gracias a que ETA contribuyó con su violencia a quemar etapas y madurar las condiciones para que en la confrontación con el Estado ya no fuese necesaria su intervención. En el documento 'abian', donde tratan de explicar las razones del fin del ciclo de la lucha armada, exponen con claridad la valoración positiva de aquella fase: «La izquierda abertzale decidió que había llegado el momento de empezar a recoger frutos».

Hay mucha gente en este ámbito del nacionalismo radical que piensa que ETA se convirtió en un problema grave. Saben que el cordón umbilical que les ataba a esa organización se tenía que haber roto mucho antes. Pero ese vínculo que carecía de justificación ética y política se mantenía por una 'obediencia debida' a lo que se había convertido en un tótem. Mientras lo racional y democrático no se imponga a lo dogmático, pedirle a la izquierda abertzale una revisión autocrítica de su pasado y de condena de lo que supuso ETA ahora mismo es una pretensión poco realista, aunque democráticamente sea imprescindible. Mientras la izquierda abertzale no interiorice esta cuestión como un problema propio no habrá evolución significativa, aunque puede haber juegos de palabras.