Pablo Casado y el doberman

Los excesos verbales del líder del PP pueden ser efectistas pero terminanpor restar credibilidad a un político

Pablo Casado y el doberman
ALBERTO AYALA

El Pleno del Congreso vivió ayer una de esas sesiones que merecerían no haberse celebrado. No porque el orden del día no fuera interesante -el presidente Pedro Sánchez tuvo que tirar de 'realpolitik' en el asunto de la venta de armas a Arabia Saudí contra la que hubiera clamado como el que más si aún siguiera en la oposición-, ni porque no resultara amena, sino por los excesos verbales que se escucharon de labios del líder del PP, Pablo Casado, que ha abrazado la estrategia de la crispación. Como en su día Aznar o aquel Rajoy que llegó a acusar a Zapatero de «cómplice de ETA».

¿Les suena Francisco Álvarez Cascos? ¿Alfonso Guerra? ¿Y el en su momento famoso vídeo del doberman que se convirtió en el gran protagonista de la campaña de las elecciones generales de 1996?

Para los más jóvenes y para los olvidadizos les recordaré que Cascos, 'número dos' de Aznar en el partido y luego en el Gobierno, fue un sólido político entre cuyas características resaltaba su tremenda dureza verbal con los adversarios. Guerra, tan brillante muñidor de estrategias como lenguaraz mitinero, jugó idéntico papel con Felipe González. Curiosamente ambas parejas terminaron en divorcio. El primero dejó el PP y creó Foro Asturias; el sevillano aún sigue en el PSOE.

¿Y el doberman? Primero fue la comparación que eligió Guerra para desacreditar a Cascos en sus bolos de fin de semana. Llegadas las elecciones de 1996, el PSOE lo convirtió en el protagonista de su vídeo electoral. Un spot en el que se identificaba al PP como 'la España en negativo' sobre un fundido de imágenes en blanco y negro en las que aparecían el político asturiano y el agresivo perfil de un doberman ladrando amenazante. En contraste con la 'España en positivo' de Felipe González a todo color.

El vídeo tuvo un enorme impacto, pero no logró el objetivo de dar la vuelta a las encuestas. Un PSOE cercado por la corrupción y la guerra sucia contra ETA perdía el poder quince años después.

He recordado la anécdota del doberman mientras escuchaba ayer a Casado recriminar al presidente Sánchez que dijera, en relación al 'Brexit', que «la segregación no es posible», cuando él «se sienta en el banco azul gracias a los votos de los independentistas». «¿No se da cuenta de que es partícipe y responsable del golpe de Estado que se está perpetrando en España?», soltó.

Lógicamente irritado, Sánchez instó al dirigente popular hasta en tres ocasiones a retirar una acusación «llena de infamia». Pese a advertirle de que de no hacerlo daría por rotas las relaciones entre ambos, Casado no lo hizo. Tan sólo introdujo un matiz. Que su gravísima acusación al presidente era «por no atajar el golpe de Estado que se está dando en Cataluña».

Es evidente que el nuevo líder popular apuesta por la estrategia de la crispación, por endurecer al máximo su oposición al Gobierno socialista para reunificar al centroderecha -hoy dividido en tres- y para terminar por la vía rápida con el experimento que preside Sánchez.

Tirar de sal gorda y desbordar límites que es aconsejable no traspasar -el PSOE respaldó a Rajoy con el 155 y ayer Sánchez sugirió que, si es necesario, él también intervendrá la autonomía catalana- dan titulares y pueden suscitar aplausos fáciles. Pero no garantizan el éxito electoral y por el contrario pueden restar credibilidad a un político.