Optimismo y sentido del humor

En su reciente ensayo, 'En defensa de la Ilustración', Steven Pinker se refiere al problema que tiene el periodismo actual, «que se concentra en acontecimientos particulares más que en las tendencias. Y le resulta más fácil tratar un hecho catastrófico que uno positivo. Esto acaba generando una visión distorsionada del mundo»

El psicólogo experimental Steven Pinker. /Steven Pinker
El psicólogo experimental Steven Pinker. / Steven Pinker
JOSÉ LUIS LARREA

Vivimos tiempos en los que resulta difícil sustraerse de una suerte de pesimismo generalizado que condiciona nuestra mirada y nuestras perspectivas de futuro. La verdad es que si uno se deja llevar por la información que fluye a través de los medios de comunicación y de las redes sociales no tiene muchos motivos para sentirse optimista. En su reciente ensayo, 'En defensa de la Ilustración', Steven Pinker se refiere al problema que tiene el periodismo actual, «que se concentra en acontecimientos particulares más que en las tendencias. Y le resulta más fácil tratar un hecho catastrófico que uno positivo. Esto acaba generando una visión distorsionada del mundo». Para él, esto tiene que ver con nuestros genes, pues «en la prehistoria de nuestra evolución necesitábamos conocer las malas noticias inmediatamente», de manera que exagerar la percepción del riesgo constituía un valor para poder sobrevivir. Steven Pinker es uno de los denominados «nuevos optimistas», que defienden una mirada optimista del mundo, y alertan sobre el peligro de dejar que el temor al desastre nos haga perder la confianza en el futuro.

El debate se produce en un contexto social en el que el desarrollo imparable de las tecnologías de la información y las comunicaciones genera un escenario de inmediatez y banalidad, que se imponen sobre la reflexión y la profundidad en el pensamiento, cayendo en muchas ocasiones en la trampa de la superficialidad. Así que si juntamos la superficialidad con el recuerdo genético al que se refiere Pinker tenemos el mejor de los cócteles para alimentar un pesimismo exagerado.

Sin embargo, Steven Pinker es optimista cuando se refiere al progreso de la humanidad: «La mayoría de la gente estará de acuerdo en que la vida es mejor que la muerte; la salud es mejor que la enfermedad; la alimentación mejor que el hambre; la paz mejor que la guerra; la seguridad mejor que el peligro; la libertad mejor que la tiranía; la igualdad de derechos mejor que la discriminación; el conocimiento mejor que la ignorancia; la inteligencia mejor que la contemplación aburrida del mundo; la felicidad mejor que la miseria; la posibilidad de disfrutar de la familia, los amigos, la cultura, la naturaleza, mejor que un trabajo penoso y monótono. Y todo eso se puede medir y se ha incrementado a lo largo de los años. Eso es progreso». Estamos de lleno en el debate sobre el alcance del progreso social, entendido como el progreso de las personas. Un debate que sugiere, también, nuevas perspectivas de la competitividad, en la que la persona toma un papel protagonista, más allá de los territorios, empresas y organizaciones.

Entonces,… ¿merece la pena ser optimistas? Si el optimismo es «la tendencia a ver y a juzgar las cosas en su aspecto más positivo o más favorable» (RAE), ¿qué tiene de malo ser optimista? En realidad, una visión optimista es fundamental para poder construir un futuro mejor. Si no la incorporamos estamos perdidos. Todavía más si tenemos en cuenta el sesgo confirmatorio. Sabemos que nuestra percepción de la realidad no es neutra, sino que prestamos especial atención a aquellos hechos que confirman nuestras creencias. Es lo que se conoce como el «sesgo confirmatorio», un principio enunciado en el siglo XVII por el filósofo británico Francis Bacon. A esto mismo se refiere Bertrand Russell cuando decía que «todo hombre, donde quiera que va, está rodeado por una nube de convicciones reconfortantes, que se mueven con él como las moscas un día de verano». Así que si somos optimistas veremos cosas positivas y si somos pesimistas no veremos más que cosas negativas. Puestos a elegir, me quedo con el optimismo, aunque sea plenamente consciente de los crecientes desafíos con los que nos enfrentamos.

La opción por el optimismo necesita alimentarse de personas capaces de cultivar las emociones y la imaginación, de sorprender, de transitar de manera permanente por las fronteras que separan lo posible de lo imposible, de poner en valor el error y la capacidad de equivocarse, de ver lo mejor de las cosas. Y para eso es capital cultivar el sentido del humor. Estar dispuestos a reírnos de nosotros mismos, ser humildes, romper barreras y conectar con los demás, para reírnos con ellos. El humor y el optimismo alimentan la motivación, la fuerza que mueve al emprendedor y que cambia el mundo.

El sentido del humor es, sin duda, una de las mejores maneras de enfrentar las dificultades. Para Nietzsche «la potencia intelectual de una persona se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar». José Antonio Marina nos diría que «el sentido del humor es una de las grandes creaciones de la inteligencia, capaz de resolver envenenados problemas de convivencia». Por eso necesitamos cultivar la cultura del «chiste», del relato que sugiere metáforas, que incorpora paradojas y que busca la sonrisa. Porque los buenos chistes son historias que encierran paradojas resueltas con humor. Son refrescantes compañeros de viaje para recorrer los espacios de la innovación, en los que nace, vive y crece el progreso, de la mano de personas comprometidas con un futuro mejor.

Decía Cipolla, el de las leyes de la Estupidez Humana, que tenía «la profunda convicción de que siempre que se presente la ocasión de practicar el humorismo es un deber social impedir que tal ocasión se pierda». Pues, eso… regálate una buena historia que te haga sonreír.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos