Con la nave al pairo

En este estadio de excitación electoral, lo que se temía como el mayor foco de crispación -el juicio del 'procés'- está siendo el más sosegado remanso de paz

Tercera sesión del juicio del procés./EFE
Tercera sesión del juicio del procés. / EFE
José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Fuentes del Tribunal Supremo afirman que no tiene intención de suspender la vista oral del proceso sobre los secesionistas catalanes a causa de la convocatoria de elecciones. Bien hecho. La decisión supone, antes que nada, que la Justicia ejerce su función sin dejarse afectar por lo que hagan o dejen de hacer los demás poderes del Estado y, sobre todo, por los vaivenes de la política. Lo contrario habría dado pábulo a sospechas de indebida dependencia. Pero, además, desde un punto de vista menos técnico y más pedestre, el Tribunal nos pone ante la paradoja de que lo que se temía como el mayor factor perturbador de la normalidad -el juicio al 'procés'- será el más tranquilizador remanso de paz en las turbulencias que el país se prepara a vivir hasta, cuando menos, el próximo verano. El hecho merece detenerse en él un momento.

Apenas iniciada, hemos podido ya ver cómo promete desarrollarse la vista. En contraste con la zafiedad, el desorden y la imprevisibilidad con que se ejerce la política en los últimos tiempos, el proceso judicial está demostrando un respeto, un rigor y una seguridad envidiables. Sea cual sea la sentencia, todo discurre en el Foro de acuerdo con pautas y tiempos fijados, objetos de discusión delimitados, preguntas y respuestas educadas, y una moderación en la que la firmeza y la flexibilidad -la autoridad- están siendo, aparte de eficaces, ejemplares. Si a ello se suma que nada de provecho podrá hacerse en orden a arreglar el conflicto político hasta que se emita la sentencia y que sólo a raíz de ésta será posible y obligado abordarlo con expectativa de éxito, lo mejor que puede ocurrirnos es que, cada vez que nos hartemos del griterío ensordecedor de la política a lo largo de este prolongado periodo electoral, podamos refugiarnos en esa sala de vistas hasta cuya ornamentación y mobiliario inspiran comedimiento y mesura. Lo mejor para jueces, políticos, procesados y público en general.

De lo otro -la situación que se abre en la política con esta inusitada secuencia de elecciones- poco cabe decir. Constatar el presente resultaría superfluo y ponerse a escudriñar el futuro, puramente especulativo. Si algo cabe destacar, es precisamente la incertidumbre y la volatilidad de lo que vaya a ocurrir. Es, por lo visto, el nuevo signo de los tiempos. El suyo habrá para detenerse a analizarlo. Así que más provechoso será ahora volver la vista a lo más seguro y cercano, que, por el morbo que suscita la política estatal, corre el riesgo de pasar desapercibido. Y no sería justo.

Así, el lehendakari Urkullu acaba de decir que no le ha parecido acertado el adelanto electoral y ha presentado, a la vez, al País Vasco como «contrapunto» de ese estado de extrema inestabilidad. Curiosa reflexión. Parece olvidarse de que, si bien la situación política vasca no es, ni de lejos, tan inestable como la española, tampoco estamos como para tirar cohetes presumiendo de estabilidad. Si allí los Presupuestos de 2019 han sido rechazados, aquí debieron retirarse para que no lo fueran y prorrogarse los de 2018. La diferencia, a este respecto, es precisamente que, mientras allí se disuelven las Cámaras y se convocan elecciones, aquí nadie se da por aludido. Por el contrario, se alardea de estabilidad y se pone en «cuando toque» el momento de nuestros comicios autonómicos. O sea, después del verano de 2020. Pues mal hemos comenzado.

Si desaconsejable era continuar gobernando España a golpe de decreto ley, aquí, siguiendo ese denostado ejemplo, hemos recurrido a su homólogo 'proyecto de lectura única', en el que, sin posibilidad de enmiendas ni de votación por artículos, se sigue la norma de la vieja: 'o lo tomas o lo dejas'. El resultado de tal proceder ha sido, como no podía ser menos, su rectificación. Y la lección, la inconveniencia, por no decir imposibilidad, de hacer de él norma de comportamiento para el resto de la legislatura. Con la actual composición de la Cámara, la competitividad partidista agudizada por la sucesión de procesos electorales y la relevancia de los asuntos pendientes, el empeño en no aprender la lección abocaría a sortear los previsibles fracasos parlamentarios a base de continuas rectificaciones o triquiñuelas procesales muy poco recomendables. Pero el lehendakari parece preferir poner al pairo la nave del gobierno: firme el timón a sotavento, proa a la mar, poco velamen o máquinas al ralentí, y aguantar hasta que el temporal amaine. Estabilidad a cambio de inactividad.