MISIÓN (CASI) IMPOSIBLE

MISIÓN (CASI) IMPOSIBLE
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

En política las victorias -o las derrotas que derivan en triunfo- acostumbran a actuar cual bálsamo de fierabrás que lo cura casi todo. Basta con observar al PP tras el terremoto andaluz.

El haber obtenido el peor resultado de su historia (sólo la extinta AP salió peor parada en la Transición). Tener al candidato -Juan Manuel Moreno Bonilla, un hombre de Soraya Sáenz de Santamaría- casi sentenciado. Ya nada de eso importa ni al PP ni a su líder, Pablo Casado. Tampoco su reiterada exigencia de que se deje gobernar a la lista más votada, en la que todavía insistía este domingo Iñaki Oyarzábal.

El hundimiento de las izquierdas, el incontestable éxito de C's y la espectacular irrupción de Vox ha propiciado que las derechas -la liberal, la conservadora y la extrema- sumen mayoría en esa comunidad. Casado lo tiene claro: Bonilla debe relevar a Susana Díaz en el Palacio de San Telmo al frente de un gabinete a dos -sin Vox- o a tres, al que sólo C's hace como que se resiste. Aznar, a través de Faes, se apresuró ayer a bendecir la operación.

Los cordones sanitarios no se llevan en España. El centro derecha tiene los mismos remilgos a aliarse con la nueva ultraderecha que los que ha mostrado el socialismo a hacerlo con la izquierda de la izquierda, nacionalistas e independentistas.

El PSOE es el otro lado de la moneda. Su incontestable derrota tras gobernar 40 años Andalucía (incluidos los cuatro de preautonomía) ha reabierto la caja interna de los truenos. Aunque Ferraz bajó ayer el tono tras reclamar la víspera la dimisión de Díaz, la presidenta en funciones no se privó de replicar con una buena andanada al 'pedrismo' al asegurar que se había equivocado en la campaña al no usar el problema catalán para no dañar a Pedro Sánchez.

La situación del presidente del Gobierno era suficientemente delicada antes del tsunami andaluz. Exclusivamente por su culpa, su ambición y su preocupante facilidad para faltar una y otra vez a la palabra dada.

Sánchez anunció en su día que presentaba la moción de censura para acabar con un Mariano Rajoy manchado por la corrupción y convocar a la mayor brevedad elecciones generales anticipadas. No lo hizo, se atrincheró en La Moncloa y soñó con prolongar su mandato hasta 2020 a base de concesiones aquí y allá.

Las irreales demandas del independentismo catalán, empeñado en ignorar la legalidad. La imposibilidad de contar con sus votos para aprobar el Presupuesto, le despertaron del sueño. Nuevo objetivo: resistir hasta marzo y poner las urnas ese mes.

El recuento andaluz ha forzado el enésimo cambio de planes. Toca aguantar. Si es posible hasta otoño de 2019. La pregunta es cómo cumplir esta misión que parece casi imposible.

Por mucho que se esfuerce el PNV en ejercer de 'Celestino' y trate de persuadir a los catalanes y a los restantes socios de moción de que no les conviene dejar caer a Sánchez, parece harto improbable que ERC y PDeCAT le hagan caso. Parece.

Los motivos del PNV para mojarse son obvios. Si Ciudadanos siempre ha dado miedo en Sabin Etxea y los jeltzales dejaron caer al Gobierno de Rajoy porque no había modo de sacarle más poder político, la eventualidad de un Ejecutivo sustentado por las tres derechas casi suscita pánico.

Nada extraño cuando Casado habla de recentralizar competencias. C's y Vox van más allá. Ambos quieren acabar con el Concierto y el partido de Abascal, hasta con la autonomía. Y aun así, el PNV insistiendo en cargar junto a EH Bildu contra la Constitución de la que dimana la amplísima autonomía de la que gozamos en Euskadi.

Sánchez juega con fuego si pretende aguantar a base de concesiones a los nacionalistas. ¿La subida del salario mínimo o exhumar los restos del dictador Franco le rentará más de lo que le pueden restar eventuales 'guiños' y pagos a 'indepes' y nacionalistas contra los que las derechas cargarán día tras día? Es posible. Pero si se equivoca hundirá aún más a un PSOE que él ha situado en mínimos históricos.

 

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