Misión imposible

Soraya Sáenz de Santamaría. /El Correo
Soraya Sáenz de Santamaría. / El Correo
OLATZ BARRIUSO

En pleno proceso de primarias del PP, en una charla informal con un dirigente del PNV, supuse, quizás erróneamente, que los jeltzales preferirían a Soraya Sáenz de Santamaría como vencedora antes que a Dolores de Cospedal o a Pablo Casado. La respuesta fue clarificadora: «No hay tanta diferencia. Soraya no deja de ser una abogada del Estado». Mi interlocutor se refería así a la bien ganada fama del gremio de ser huesos duros de roer, muros de hormigón en los que es difícil hallar una sola grieta. Y aludía, de forma implícita, a los escasos frutos tangibles que para el nacionalismo institucional vasco habría rendido, en realidad, su fluida y cordial relación con la todopoderosa mano derecha de Rajoy. Especialmente en el asunto en el que más podría haber ayudado la relación de complicidad trabada con Josu Erkoreka cuando ambos eran portavoces parlamentarios de sus respectivos grupos en el Congreso, en tiempos de Zapatero: las transferencias pendientes.

La habilidad que la exvicepresidenta demostró para amasar más poder que nadie en España desde Manuel Godoy (José Manuel García Margallo dixit) y para acumular enemigos acérrimos como su propio excolega en el consejo de ministros no le sirvió para acometer con éxito una de las tareas más complejas que Rajoy le encomendó: encauzar la crisis catalana y, por extensión, atajar las tensiones territoriales en una España más convulsionada que nunca. Se ha asumido que, además de los 'cadáveres' políticos que fue dejando por el camino en su ascenso hacia los cielos del poder, a Santamaría le pasó factura también su gestión en Cataluña, que se ha tachado de ineficaz, torpe, lenta o blanda.

Pero quizás, en la hora de su adiós político, cabría recordar cómo la vicepresidenta se aplicó, sin desmayo, para intentar engrasar las relaciones con Cataluña y Euskadi de la única manera que el férreo catón del 'marianismo' le permitía: con la sacrosanta ley en la mano y con pocas concesiones a lo que, aun siendo legal, pudiera poner en peligro su idea de España. Si hablamos de Euskadi, por ejemplo, sus desvelos -que le llevaron incluso a desencadenar un conato de crisis interna al puentear a la entonces líder vasca, Arantza Quiroga, con una cita secreta en Sabin Etxea- le permitieron ganarse el apoyo presupuestario del PNV sin apartarse estrictamente de las cosas de comer. Como dice un compañero de filas, «sin concesiones y sin docilidad». Eso llegó para desbloquear conflictos de competencias o la OPE de la Ertzaintza y para cerrar el histórico acuerdo del Cupo. Pero la crisis catalana impidió que Santamaría llegase siquiera a reunirse con Erkoreka para hablar de completar el Estatuto cuarenta años después. En Cataluña, movió inversiones, se granjeó la confianza de Oriol Junqueras (la foto del líder de ERC apoyado en sus hombros se hizo casi tan célebre como la de Monedero abroncándola) y hasta se puso despacho. Pero, a esas alturas del incendio, que tuvo su foco en la evidente miopía al 'cepillar' el Estatut, la'operación Diálogo' de Santamaría estaba condenada a la melancolía. Era misión imposible.

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