Mensajero

En el asunto del gag de la bandera me llama la atención que nadie piense en el guión detrás del actor

Dani Mateo, en el polémico gag./
Dani Mateo, en el polémico gag.
Maria Maizkurrena
MARIA MAIZKURRENA

Cuando las personas de mi generación y por ahí éramos jóvenes e ingenuas podíamos creer que la democracia era un proceso imparable. Su desarrollo inevitable, una característica del universo. También creímos que internet era una oportunidad para unir a la gente, para crear plataformas de noticias, de investigación, de educación y de negocio. Ahora que los jóvenes son otros espero que sepan que el futuro tendrá el color que ellos le den con sus acciones, con los criterios sobre los que elijan, con su idea de qué es bueno, malo, importante. Dice Arantza Furundarena en su último artículo que también ella en su «inmensa ingenuidad pensaba que de esa perpetua melancolía por pertenecer al lugar equivocado nos había curado la Transición y la movida de los ochenta». Era el complejo de estar o haber estado en un país no democrático rodeado de países democráticos por todas partes menos por una, aquel mundo extraño virtualmente envuelto en el mundo occidental al que pertenecía y en el que no acababa de encajar, lindante con los EE UU a través del océano y con Europa por los otros montes y mares, menos por la parte de la guardia mora de Franco o su sombra pendiente. Comprobar que 40 años de democracia no la han hecho mejor es triste, y lo comprobamos cada vez que salen nuevos audios de Villarejo.

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha dictaminado que Arnaldo Otegui no tuvo un juicio justo, corroborando aquella impresión que nos quedó de que su condena era una cosa rara, rara. Se diría que hay demasiados hilos y tentáculos debilitando la separación de poderes. Por otra parte, constatar que 50 años de internet han hecho posible el más fantástico cultivo del engaño jamás imaginado no es tampoco una fuente de alegría. Internet se usa para muchas cosas buenas, pero ha traído el gusano de la desinformación al corazón de la democracia, donde poder elegir entre la mentira flagrante y los hechos comprobados se presenta como un ejercicio de libertad. Es una de tantas falacias peligrosas que los enemigos del sistema difunden desde dentro, y no sólo aquí. «Aquí» es que se juntan el hambre y las ganas de comer, la involución y el apuntarse a la ola reaccionaria internacional que, como advierte Boaventura de Sosa Santos, trata de borrar la distinción entre dictadura y democracia.

Lo del complejo que decía Furundarena era por el penoso asunto del gag de la bandera en el que las redes han reaccionado como una víscera. Lo que a mí me llama la atención que tanta gente quiera matar al mensajero sin pensar en el guión detrás del actor ni en la dirección tras los guionistas. Internet no nos ha hecho más reflexivos, pero eso sí, como herramienta sirve igual a las reacciones impremeditadas y a la ignorancia que a la información, la verdad o la justicia. Y la mentira se presenta como verdad, la injusticia como justicia, la opresión como libertad, y así todo.