Megalomanía pop

Megalomanía pop
Enrique Portocarrero
ENRIQUE PORTOCARRERO

Por lo que se ve ya no es solo que la Primera Enmienda sea un estorbo intolerable para el presidente Trump, sino que además el ejercicio constitucional de la libertad de expresión o de prensa en sentido crítico con las políticas o las actitudes de su administración solo deben entenderse como expresiones falsarias, parciales y deshonestas que emanan de peligrosos izquierdistas o de medios de comunicación tan enemigos como declinantes en su negocio empresarial. Pues bien, con semejante visión egocéntrica que apela todos los días, de forma simplista y con inquina a las emociones de los cerca de 62 millones de ciudadanos que le votaron en 2016, se comprende por igual el espectáculo audiovisual de una batalla política y constitucional sin precedentes, la enorme división social que la misma genera en la sociedad norteamericana y hasta la ópera bufa interpretada por Trump que medio mundo contempla con una mezcla de asombro, risa e inquietud. Derivado de todo lo anterior es inevitable la conversión progresiva de la figura presidencial norteamericana en un icono de la cultura del entretenimiento, donde la solemnidad institucional cede ante la naturalidad irrisoria de sus despropósitos públicos. No extraña por eso la familiar presencia del payaso en imitaciones y reproducciones varias como las caretas de feria con su efigie, el muñeco-bebé hinchable de aspecto tronante que sobrevoló Londres durante su última visita o esta instalación de Getxophoto que permite al unísono la protesta y la diversión. ¿Durará mucho esta verbena? Quizás sí. Al menos hasta que las elecciones de noviembre menoscaben su poder en el Congreso, hasta que se produzca una improbable destitución constitucional o hasta que agote su mandato y no repita. Sea lo que sea, Trump es ya y lo será siempre una efigie o un icono pop de la megalomanía contemporánea.

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