El margen de mejora de Euskadi

Es necesario que el respeto, la moderación, la confianza y el diálogo ensalzados por Urkullu sean los fines y los medios del País Vasco de 2019

El lehendakari Urkullu grabó su mensaje de fin de año, por segundo año consecutivo, en los jardines de Ajuria Enea, con la ikurriña y el árbol de Navidad de fondo. /Mikel Arrazola
El lehendakari Urkullu grabó su mensaje de fin de año, por segundo año consecutivo, en los jardines de Ajuria Enea, con la ikurriña y el árbol de Navidad de fondo. / Mikel Arrazola
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El lehendakari Iñigo Urkullu introdujo en su discurso de fin de año una idea-fuerza que puede resultar enormemente útil para el porvenir inmediato de Euskadi: el «deseo compartido de mejora». La asunción institucional de que la realidad actual es perfectible y de que lo son también las políticas públicas resulta básica para la gobernación del País Vasco. La noción de mejora, claro está, no es nunca aséptica ni unívoca, ya que cada cual la entiende o pretende a su modo y según sus intereses. Pero, en cualquier caso, denota realismo y prudencia, al tiempo que la aceptación de los propios límites. Al abogar por la mejora de las condiciones en que vive la sociedad vasca, el lehendakari no solo dispone a su Gobierno al diálogo con quienes aporten propuestas para ello, sino que toma distancias respecto a aquellos que pudieran alardear de fórmulas de solución definitivas para los problemas pendientes. El propio concepto de mejora facilita el consenso político y social, puesto que ninguna fuerza partidaria o agente representativo puede rehuir la puesta en común de proyectos e iniciativas tendentes a que en 2019 las cosas marchen mejor que en el recién finalizado ejercicio. Aunque para eso es necesario identificar sin evasivas en qué debe mejorar Euskadi, cuáles son las asignaturas en las que flaquea. Porque la «estima por nuestro modelo» que subrayó Urkullu en su alocución exige también superar sus fallas. En primer lugar, la convivencia plena continúa estando comprometida por quienes se niegan a asumir el daño injustamente causado en nombre de Euskal Herria, como un oprobio que victimiza cada día a sus víctimas y emponzoña moralmente la vida social tras la desaparición de ETA. En segundo lugar, es necesario admitir institucionalmente que la carencia de un diseño para el futuro del autogobierno que cuente con una anuencia igual o superior a la que goza la autonomía real –o a la que obtuvo en su día el Estatuto de Gernika– es reflejo de la pluralidad consustancial a los vascos de hoy y, por tanto, motivo para renunciar expresamente a proyectos que desborden la legalidad o intenten abrirse paso mediante mayorías exiguas. Porque la «fragilidad del modelo de Estado» debe llevarnos más a preservar el autogobierno existente, recabando nuevas competencias, que a alentar cambios de inciertas consecuencias tanto en el marco español como en el europeo. En tercer lugar, Euskadi y sus instituciones han de admitir, de una vez por todas, que sus logros y resultados no se corresponden de manera eficaz y eficiente a las posibilidades que nos brinda nuestro singular sistema de financiación y al grado de autonomía que gozamos.

El riesgo de los populismos

El inconformismo por el que abogaba el lehendakari en su alocución debe dirigirse prioritariamente a la mejora de la educación, la sanidad, y los servicios sociales; al incremento de la inversión tractora de empleos de calidad y al aumento de la competitividad en todo el sector público. Recientemente Urkullu advirtió del riesgo que entrañan los populismos. Lo peor de ellos es que agitan problemas sin ofrecer soluciones. De ahí que la única barrera capaz de impedirles el paso está en las políticas públicas que den más y mejores resultados como cometido esencial del sistema democrático. De manera que «el respeto, la moderación, la confianza y el acuerdo» que el lehendakari ensalzó en Nochevieja sean a la vez los fines y los medios de la Euskadi de 2019.