En manos de Cataluña

La sola persistencia de los mensajes unilateralistas de Puigdemont y Torra será suficiente para mantener despierto el carácter reactivo del nacionalismo español

Los portavoces de Junts per Catalunya en el Parlament, Albert Batet, Quim Torra, Elsa Atardi y Pere Aragonès, entre otros portavoces del grupo y del PDCat reunidos (en pantalla con Carles Puigdemont) viendo la comparecencia del presidente del Gobierno./EP
Los portavoces de Junts per Catalunya en el Parlament, Albert Batet, Quim Torra, Elsa Atardi y Pere Aragonès, entre otros portavoces del grupo y del PDCat reunidos (en pantalla con Carles Puigdemont) viendo la comparecencia del presidente del Gobierno. / EP
Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

La coincidencia en el tiempo del comienzo del juicio a los responsables del 'procés' con la votación del proyecto presupuestario del Gobierno Sánchez se demostró fatal para el propósito de éste de prolongar su mandato. El recurso socialista al fetiche del 'relator' acabó desatando la tormenta. Emergieron los desafectos al secretario general, que se habían contenido tras su sorpresiva arribada a La Moncloa. Y las tres derechas encontraron su momento de oportunidad, hasta que el Gobierno se echó atrás en sus contactos con la Generalitat de Artadi, Aragonès y Torra. La gobernabilidad de España ha estado en manos catalanas durante legislaturas. No solo por los pactos de estabilidad alcanzados por el primer partido de turno con Pujol primero, con el 'tripartito' después y con el consorcio independentista finalmente. Sobre todo porque ya Barcelona aporta 31 diputados de los 350 escaños del Congreso; casi un 10%. Y Cataluña el 13% del total.

No es fácil imaginar que del 28 de abril surja una mayoría de izquierdas sin la connivencia del independentismo catalán y, sobre todo, sin que el PSC y los Comunes obtengan un resultado digno. Suena a paradoja, pero hasta las expectativas de desarrollo del autogobierno vasco, y de blindaje efectivo de nuestra singularidad, pasan a depender de lo que ocurra en Cataluña. En otras palabras, si Cataluña en su mayoría no solo se queda al margen de la gobernabilidad de España, sino que ésta se establece por confrontación con el secesionismo catalán, la Euskadi soberanista se vería tentada -los más decididos podrían alegar que obligada- a ensayar su propia vía de desconexión respecto al Estado constitucional. Tentación ante la que le sería difícil contenerse.

En las elecciones autonómicas del 21 de diciembre de 2017, convocadas en aplicación del 155, el voto no independentista superó al independentista. Aunque la distribución territorial del escrutinio concedió la mayoría parlamentaria a los partidarios de una república propia. En las elecciones generales de junio de 2016 el secesionismo había obtenido solo un tercio de los sufragios catalanes, sin duda a causa del auge de En Comú Podem. Es improbable que un independentismo que a fecha de hoy no sabe exactamente cómo va a concurrir a los comicios del 28-A, aparte de las candidaturas de ERC, supere en votos a las opciones no independentistas. Pero la sola persistencia de los mensajes unilateralistas, de Puigdemont en el exterior y de Torra al frente de la Generalitat, serán suficientes para mantener despierto el carácter reactivo de todo nacionalismo, también del español.

Cobra enteros la hipótesis de que un independentismo a la baja, en medio del juicio que se proyecta por entregas desde el Supremo, puede contribuir a la exacerbación identitaria de las opciones del centro derecha, mucho más que a la reactivación de las expectativas de una pronta desconexión de los poderes de la Generalitat respecto al Estado constitucional. La convocatoria de la Plaza de Colón pinchó seguramente; pero lo ocurrido el domingo pasado no significa mucho en un tiempo de tan alta volatilidad. Las tres derechas se precipitaron al mostrarse en la calle y, además, unidas reclamando algo que Sánchez hizo suyo ayer: convocar elecciones. Pero los juegos tácticos y sus réditos acaban siendo tan fugaces y exiguos que es mejor atender a las tendencias de fondo. Y éstas apuntan hacia la derecha más centralista.

Poco importan a estas alturas las razones que han llevado a Pedro Sánchez a citar a los ciudadanos al voto el 28 de abril, eludiendo otras fechas. Aunque queda claro que ha decidido adelantarse al reto al que, de esa manera, somete a los barones socialistas. Porque es sabido que dos convocatorias electorales consecutivas inducen a muchos votantes a un ejercicio de compensación, optando mañana por una papeleta que equilibre el voto de hoy. Claro que no quedará mucho margen para la compensación en Cataluña si las tres derechas se hacen con el gobierno del país. Solo para una activación tardía de los resortes secesionistas. Y en esa medida tampoco los comicios del 26 de mayo servirán en Euskadi más que para preservar lo que tenemos a la espera de un cambio de ciclo en España.