Somos machistas y vox lo sabe

Somos machistas y vox lo sabe
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Braulio Gómez
BRAULIO GÓMEZ

Suelo decir a mis alumnos que cuando los datos no coinciden con la realidad lo que está mal son los datos. Los datos nos estaban diciendo que la opinión pública había reaccionado al fin frente a la injusticia que representa la desigualdad de género y que estaban apoyando mayoritariamente todas las movilizaciones que las mujeres protagonizaron el pasado año, el año del feminismo. Incluso, hasta el 42% de los hombres españoles se calificaba a sí mismo como feminista.

En Euskadi los datos del Deustobarómetro del verano arrojaban una imagen de una sociedad sensibilizada y concienciada con el reto de la desigualdad y posicionada de forma contundente contra cualquier tipo de violencia contra las mujeres. La mayoría de los hombres adoptaba en la encuesta un posicionamiento feminista. Esta sensación estaba siendo recogida por todos los partidos que apoyaban sin fisuras tanto la ley contra la violencia sobre las mujeres como el avance legislativo encaminado a reducir la desigualdad de género. Los costes políticos de salirse de este consenso parecían muy elevados.

Si esta fuera la realidad, ¿qué sentido tiene que Vox haya decidido romper este consenso transversal y situar como eje principal la denuncia de la ideología de género para aumentar votos? La estrategia de Vox está pensada para ganar las elecciones. Las banderas españolas funcionaron para colarse en nuestras pantallas cuando todos estábamos viendo la película de la independencia frustrada de Cataluña y ahora que ya está dentro de las instituciones se propone ganar votos fuera del espacio hiperreducido de la extrema derecha. Su estrategia tiene sentido, por desgracia, porque puede que la realidad no tenga mucho que ver con lo que proyectan los datos.

Mi impresión es que cuando nos juntamos los hombres a compartir reflexiones y ocurrencias sobre temas de actualidad, seguimos siendo profundamente machistas, aunque no lo sepamos ni lo reconozcamos en las encuestas. Nadie cuestiona la existencia de la violencia machista ni la necesidad de la Ley Integral de Violencia de Género. El caso es que, si el tema feminismo dura quince minutos antes de saltar a otro tema de conversación, esa indignación ocupa el primer minuto y los catorce minutos restantes están llenos de matices y peros y se acaba volcando la indignación contra unas presuntas 'feminazis' que nos están persiguiendo a los hombres inocentes.

Mi entorno no coincide exactamente con la derecha reaccionaria, ni son los más mayores y conservadores de la sociedad. Igual esta percepción mía es errónea y la realidad tiene más que ver con los datos y la mayoría de los hombres se ha vuelto feminista menos mi entorno, tanto en Bilbao como en Madrid. Pero creo que los hombres bienintencionados estamos todavía perplejos sobre una realidad que no teníamos interiorizada y que no hemos construido un escudo que ofrezca una masculinidad alternativa para salir a la calle en masa a frenar ese tsunami reaccionario que está salpicando ya a nuestra democracia. En la última década han sido asesinadas 1.000 mujeres por sus parejas o exparejas. Ese dato debería ser suficiente para dejarnos de mezquindades, presuntas ofensas y falsas persecuciones y aceptar de una vez que la defensa de los derechos de las mujeres es también cosa de hombres.

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