locos y cuerdos

El hospital de Zamudio cumple medio siglo

Iñaki Olaeta, junto a la jefa del servicio médico, Concha Peralta, e Itziar, hermana de un paciente. Al fondo, junto a la escultura en homenaje a Achúcarro, Carmen y José. /Jordi Alemany
Iñaki Olaeta, junto a la jefa del servicio médico, Concha Peralta, e Itziar, hermana de un paciente. Al fondo, junto a la escultura en homenaje a Achúcarro, Carmen y José. / Jordi Alemany
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

El hospital de Zamudio cumple cincuenta años, lo que significa que lleva medio siglo ocupándose de la salud mental de los vizcaínos y ocupando al tiempo cierto lugar inevitable en el imaginario cotidiano de la provincia. Sucede igual en todos lados. La función secundaria de los centros de salud mental es discursiva. Y muy necesaria. Raro es el día en que, en nuestra interacción con el género humano, no decretamos que alguien necesita atención psiquiátrica inmediata. Y lo mandamos mentalmente, o a voz en grito, según el caso, a Zamudio, a Bermeo, a Mondragón. Que con toda seguridad a nosotros se nos envíe del mismo modo a los mismos lugares lo deja todo en un empate misantrópico. Creo que sería bonito que los vizcaínos fuésemos de vez en cuando al hospital de Zamudio como vamos a Gernika o San Mamés. Por conocer todos los sitios clave del territorio en lo tocante al simbolismo.

Si lo hiciésemos, comprobaríamos cómo la red sanitaria se aleja de los clichés y prejuicios que aún hoy soporta la enfermedad mental. Si la prensa de comienzos del siglo pasado denunciaba la existencia de centros que eran «almacenes de locos», hoy hay que hablar de un sistema que trabaja por el diagnóstico precoz, los tratamientos ambulatorios y la integración del enfermo. La evolución es evidente, lo que no significa que todo esté hecho ya. Los pacientes de Zamudio recuerdan que aún queda lejos la superación del estigma. Y describen uno de esos círculos viciosos: la sociedad teme al enfermo mental y el enfermo teme el rechazo que ve venir y se encierra en sí mismo, lo que no ayuda a su mejoría ni a su integración, lo que asusta aún más a la sociedad.

La jefa del servicio médico de Zamudio cree que el modo de romper esa dinámica tiene que ver con información a raudales y con leyes afinadas. Es la forma de avanzar hacia una normalización de la enfermedad que no tiene que ver con frivolizar con sus efectos o subestimar su gravedad, sino con cierta aceptación de la naturaleza humana. Escuchar en tu cabeza voces inexistentes es sin duda algo extrañísimo. Pero que se te estrechen las vías respiratorias al aspirar los cadáveres pulverizados de unos arácnidos diminutos y bastante monstruosos que se alimentan de las escamas de tu piel tampoco está nada mal. Y lo llamamos asma, y lo tratamos, sin darle más importancia.

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