Lecciones olvidadas

El Gobierno debería recordar que una excesiva intervención del Estado en la economía suele ser contraproducente

Lecciones olvidadas
Jose Ibarrola
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

La economía es una ciencia humilde o, como le oí decir a Julián Marías «una ciencia muy aburrida, pero muy necesaria». Tiene pocas leyes de validez universal, pero tiene algunas y se olvidan con facilidad. Ya sabe que, básicamente, se dedica a repartir los recursos existentes y siempre limitados, entre los distintos usos alternativos. Para ello nos dice algunas cosas básicas. Como, por ejemplo, que el precio que asigna a un bien está en función de su disponibilidad. Por eso el oro es caro, porque es escaso y la arena barata, porque es abundante. Las angulas son caras, pero si fuesen tan abundantes como las anchoas, serían más baratas las primeras que las segundas. Esta vez, porque las anchoas son mejores.

Adam Smith, el primer genio, identificó a la «mano invisible» del mercado como el mecanismo que mejor asigna los recursos. Por eso, por su enorme eficacia demostrada a lo largo ya de varios siglos, los países que han elegido el sistema de libertad económica, en la producción y el comercio, han alcanzado mayores niveles de desarrollo, y han proporcionado a sus ciudadanos un nivel de vida muy superior al de los países en los que una casta dirigente ha caído en la soberbia de pretender elegir mejor que esa mano invisible, formada por el conjunto de los ciudadanos. La intervención del Estado es necesaria para corregir las disfunciones y los abusos que aparecen de tiempo en tiempo. Pero eso de 'yo te voy a decir lo que tú tienes que producir y como lo tienes que vender' es un pecado de orgullo extremadamente peligroso.

Veamos algunos ejemplos de actualidad. La sociedad española ha caído en un error de apreciación, provocado intencionadamente por intereses ideológicos de izquierda, al considerar que hemos empleado 60.000 millones de euros para salvar a la banca. Ya sabe que los hemos empleado para salvar a los impositores y clientes de la banca semi-pública formada por la mayoría de las cajas de ahorro, que estaban dirigidas por políticos de todo signo y condición incluidos varios sindicalistas. Bueno, pues ese error ha conducido a la aplicación de severas medidas -incluidas varias sentencias judiciales-, dirigidas a eliminar errores cometidos y, ya de paso, a cercenar los ingresos de la banca con el recorte de intereses y comisiones, para contento general. Vale. Pero, ¿qué ha sucedido en la realidad? Pues los bancos, que no están obligados ni dispuestos a trabajar gratis, han subido los intereses que cobran por sus préstamos, para recuperar sus márgenes, como vemos en las últimas estadísticas publicadas. Es decir, todo se ha resumido en que los antiguos prestatarios han trasladado sus problemas a los nuevos.

Otro ejemplo. El presidente Trump está empeñado en defender de la competencia exterior a sus empresas obsoletas en base a levantar barreras de protección en la frontera. ¿Ha arreglado las carencias de competitividad internas? ¡Qué va! Al contrario, la balanza comercial americana ha batido un nuevo récord histórico de déficit. Y esto no ha hecho más que empezar. Veremos lo que pasa con los precios.

Otro más. El Gobierno ha constatado el encarecimiento de los alquileres. Una situación evidente..., que no es general, pues sucede en algunas localizaciones precisas como es la Comunidad de Madrid. ¿Qué ha decidido? Limitar la subida de los alquileres. Si recuerda el primer párrafo ya sabe que el precio de un bien o servicio depende básicamente de su disponibilidad. Es decir, podemos asegurar que la subida de alquileres esta motivada principalmente por la insuficiente oferta de pisos en alquiler para atender a su demanda. Lo lógico sería entones facilitar la construcción de nuevas viviendas o estimular la puesta en alquiler de las vacías. Pero no, el Gobierno ha decidido lo contrario, ya que va a castigar a los que tienen viviendas en alquiler, limitando las actualizaciones de precio y ampliando los plazos de los contratos. ¿Ve? El Gobierno pretende saber más que usted de lo que le conviene hacer con sus inversiones en vivienda.

¿Qué va suceder? Ya veremos, pero me atrevería a apostar que se volverá a cumplir la regla de que cuando los gobiernos actúan, los ciudadanos se acomodan a lo que les conviene, no a lo que les ordenan. Si pueden, claro.