seis kilómetros de iniciativa política

Cadena humana de Gure Esku Dago./Jordi Alemany
Cadena humana de Gure Esku Dago. / Jordi Alemany
Braulio Gómez
BRAULIO GÓMEZ

Este otoño estaba siendo más movido que lo habitual en el tradicionalmente anodino escenario político vasco. La moción de censura de Pedro Sánchez dejó sin estabilidad parlamentaria al Gobierno vasco, perdiendo su socio más asequible y más previsible para la aprobación de sus Cuentas. La estrategia del PP de Pablo Casado para recuperar el poder estatal incorporaba a los nacionalistas vascos a su ya extensa lista negra.

En ese nuevo vacío que se abría se empezaron a colar en la agenda vasca la visita del president Torra, la apuesta del PNV guipuzcoano por apoyar públicamente la vía catalana o la consulta de Gure Eusko Dago en Donosti que situaban un marco incómodo en la agenda tradicional del Gobierno de Iñigo Urkullu. El único pacto político que se sostenía era el de las bases del nuevo Estatuto con EH Bildu, poco vendible al ser considerado por el propio lehendakari como un fracaso por su alcance limitado a las fuerzas abertzales.

La incomodidad indisimulada del jefe del Ejecutivo autónomo con su pareja de baile en la ponencia de Autogobierno se incrementó en cuanto la izquierda abertzale decidió jugar la carta social y entrar también a negociar inesperadamente los Presupuestos. Durante varias semanas, la iniciativa ha correspondido a EH Bildu, que ha podido situarse como el defensor de los pensionistas y paliar el déficit de atención que los medios suelen mostrar por su agenda social siempre eclipsada por los temas identitarios y la sombra alargada de Arnaldo Otegi.

No es fácil encontrar un lapso de tiempo tan prolongado de agenda descontrolada por parte del Gobierno de Iñigo Urkullu, que ha encontrado una salida con la puesta en escena de un acuerdo con el Estado para materializar la transferencia de algunas competencias. Lo de menos es que se renuncie a incluir la Seguridad Social en el calendario pactado, los seis kilómetros de autopista o que las probabilidades de un adelanto electoral sean altas lo que convertiría en papel mojado lo acordado. Lo importante es que el Gobierno vasco ha conseguido recobrar la iniciativa política en un momento especialmente delicado.

Este otoño ha tenido que hacer frente al reconocimiento de que en Euskadi no se estaba garantizando la igualdad de oportunidades en el acceso a las cotizadísimas plazas de la Sanidad pública vasca con la dimisión de la directora de Osakidetza. También estaba creciendo la onda expansiva del 'caso De Miguel' con el reconocimiento de algunos acusados de su culpabilidad dando la razón a los que sostienen, como el mismo fiscal, que se había reproducido desde el interior de las instituciones vascas una trama mafiosa más del estilo siciliano que de lo que se acostumbra en este país. Por no hablar de la difícil gestión y solución al problema del cierre de los emblemáticos astilleros de La Naval.

Por eso las medallas, aunque tengan forma de vías o carreteras, son una victoria política para la estrategia en la que se basa el proyecto ganador del lehendakari en Euskadi: lealtad institucional con el Estado, pactos transversales y aversión al riesgo en materia territorial para asentar una paz política que muchos confunden con el aburrimiento.

 

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