Josep Tarradellas y el pragmatismo catalanista

El presidente de la Generalitat tuvo la firme convicción de que liberar a España era previo al grito de liberar Cataluña

Josep Tarradellas y el pragmatismo catalanista
Sr. García
MARÍA JESÚS CAVA MESAHistoriadora

El 18 de enero de 1971, el president de Cataluña Josep Tarradellas respondía en carta a su amigo Ambrosio Carrión, poeta y autor dramático, miembro de la Unión Socialista de Cataluña y director del Teatro de Guerra de la Generalidat durante la guerra civil, exiliado en París. Intercambiaban opiniones sobre la situación de Catalunya en aquella delicada etapa de la política española. Conocida sobradamente la actitud contraria al franquismo del Presidente de la Generalitat, aún lo era más tras el proceso de Burgos. En razón al proceso, diferentes representantes políticos y sindicales de Cataluña en el exilio, antiguos republicanos, miembros del Conseilho de Galiza y hasta el presidente Leizaola se dirigieron a él. Ante las decepciones acumuladas por no ver cumplidos los objetivos de eliminar la dictadura, Tarradellas adoptó una actitud prudente pero concluyente. Así se lo expuso al presidente de Euskadi el 31 de diciembre de 1970: «En estos momentos de graves responsabilidades para todos nosotros -escribió- considero que sería un error no menos grave dejarnos dominar por una suerte de psicosis provocada por un entusiasmo excesivo, por no acertar a discernir la realidad efectiva que ante nosotros se presenta y también si aceptamos como verídicas las ilusiones nacidas en nuestra imaginación saturada de patriotismo».

El temor de Tarradellas era que ante los efectos derivados del juicio de Burgos se dieran «nuevas disgregaciones», en lugar de la necesaria cohesión del bloque antifranquista. Reanudado el diálogo interrumpido años atrás para alcanzar consenso político, Tarradellas clamaba en pro de la unidad de quienes se declaraban contrarios al régimen («única manera de realizar una acción positiva»). Consciente de los factores de inestabilidad que en aquellos días debilitaban al franquismo (disensiones internas, 'caso Matesa', incapacidad de gobernar y fracaso en el acceso a Europa) estaba convencido de actuar sin partidismos ni demagogia, «sin caer en la celada» de informaciones falsas o tendenciosas. Comportarse con falta de pragmatismo sería un grave error. La receta era meridianamente clara para el político catalán. Mientras no existiera una alternativa política articulada, la «lucha de masas por sí sola, al no presentar un objetivo real y tangible» no decidiría la cuestión. Tarradellas había sido informado de la constitución de un comité formado por cuatro representantes del mundo político-cultural catalán. El propósito del comité era crear una amplia federación de todas las entidades catalanas existentes en Europa y América, destinada a consolidar un movimiento solidario. Por otra parte, el Consell Nacional Catalá de Londres le había visitado y anunciado que sus delegados en el sur de Francia habían decidido constituir un Gobierno en Cataluña. Por encima de divergencias, eligieron a Tarradellas como su representante y solicitaron su acuerdo. Según su testimonio, esta propuesta le sorprendió y no dudó en expresar con cortesía su satisfacción, pero también sus reparos. Su principal objeción: un gobierno debía disponer de un programa de acción perfectamente definido y sin exclusividad ninguna. Era consciente de la incomprensión que su actitud generaría entre determinados catalanes, pero Tarradellas mantuvo con coherencia su rechazo a avalar la unidad de acción de partidos políticos y organizaciones «excesivamente partidistas». Y añadió una idea que no puede por menos que contrastastarse con decisiones del catalanismo radical hoy mismo: Que su misión no era la de respaldarles «teniendo en cuenta que tales políticos no son representativos de todas las fuerzas políticas y sociales del país».

Todavía más, Tarradellas calibraba la estrategia de acción en la que el independentismo catalán no podía superponerse al objetivo de lucha contra el régimen del general Franco. Un objetivo a lograr «con los demás pueblos de España», expuso. Diagnosticó que la situación política era favorable, pero sus ideales debían ser compatibles con una actitud de prudencia política. Al presidente de Euskadi manifestó, al igual que a otras personalidades, que debía conseguirse un clima de confianza para llegar al diálogo que permitiera presentarse en un único frente unitario. Si había que hacer sacrificios, estos no debían descartarse. El president de la Generalitat de Cataluña tuvo la firme convicción de que liberar a España era previo al grito de liberar Cataluña. A Leizaola le escribió en tono amistoso insistiendo en coincidencias políticas, convencido de que ante el proceso de Burgos era imprescindible unidad de acción hasta conseguir un régimen que garantizara las libertades de todos.

Circunstancias aparte, como es lógico, las coordenadas históricas de este episodio de la política de los años 1970, y las actuales, tienen poco en común. También es evidente la diferencia de talla de los protagonistas públicos de tales procesos. Indudablemente, las ideas que se formulan actualmente sobre el problema del independentismo resultan tan enojosas, como difícil de comprender este lamentable embrollo enquistado en la España democrática del siglo XXI.

El complejo Pau Claris, quien proclamó la república catalana en tiempos de Felipe IV, no parece que tentara demasiado al curtido estadista Tarradellas después de haber experimentado avatares realmente complicados, antes y después de la Guerra Civil. Una lección bien aprendida que hoy muchos pretenden olvidar intencionadamente. Y, por cierto, convendría recordar también que a Napoleón le ganaron en Waterloo utilizando una de sus conocidas maniobras en el campo de batalla. Pues, eso.