La incercia

Jesuitas Indautxu hace públicos tres testimonios de abusos en los años ochenta

Imagen del colegio de los jesuitas de Indautxu./LUIS TEJIDO / EFE
Imagen del colegio de los jesuitas de Indautxu. / LUIS TEJIDO / EFE
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Cada nueva denuncia de abusos en un colegio religioso provoca un pensamiento automático: «Van a salir más». Que la idea no está desencaminada lo hemos comprobado en el caso de Don Chemi, el antiguo profesor de los Salesianos de Deusto: bastaron unos días para que las ocho denuncias iniciales se elevasen hasta la treintena.

Lo siguiente que uno piensa es que saldrán más casos, pero en otros colegios. Casi por fuerza. Y tranquiliza saber que en esta certeza no participa el prejuicio. O no demasiado. «En España se cree que los abusos son una tormenta que va a pasar, pero no es verdad. Se han publicado muchos casos y todavía habrá muchos más». Es la misma idea, pero esta vez con pleno conocimiento de causa. La expuso el miércoles en la universidad de Comillas Hans Zollner, que es sacerdote, psicólogo, miembro de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, organizador de la reciente cumbre en Roma y alguien que parece hablar claro. Más, por ejemplo, que el cardenal Blázquez. Hasta el punto de definir los abusos en la Iglesia con precisión: «un cáncer con metástasis». Zollner es jesuita. Quizá no sea un dato accesorio. Lo digo porque, coincidiendo con su visita a España, el director general de la Fundación Jesuitas Educación ha mostrado la disposición a «llegar hasta el final» respecto a los casos de abusos sexuales denunciados recientemente en el colegio Sant Ignasi de Barcelona. Eso incluye la «colaboración cercana, sincera y responsable» con la Justicia. Y ayer los Jesuitas de Indautxu hicieron pública una nota en la que informan de que han recibido tres denuncias sobre un «educador» ya fallecido que trabajó en el colegio hace más de treinta años.

Cierto que el colegio bilbaíno habla más en su nota de «escucha y acogida» que de investigación, pero hasta eso es mejor que lo habitual. Lo habitual era el volquete de silencio y una estrategia defensiva que comenzaba a resultar insultante, además de suicida. De un modo que hace pensar en algún término medio entre la búsqueda de la verdad y la demolición controlada, los Jesuitas de Indautxu parecen adelantarse y apostar por una cierta transparencia. Son un colegio importante y es una medida inteligente. También la única dirección en la que la Iglesia puede comenzar a modificar una inercia tantas veces monstruosa.