Huelgas, cuidados y sexo

Sally Field en una escena de la película 'Norma Rae'./AP
Sally Field en una escena de la película 'Norma Rae'. / AP
CHRISTINA WERCKMEISTER LACARRAColectivo Doce Miradas

En 1979, Sally Field ganó un Óscar por Norma Rae. La película narra el heroico viaje de Norma Rae para sindicalizar la fábrica donde trabaja.

No es la escena más famosa la que recuerdo, cuando vienen a arrestarla por actividades subversivas. Gritando por encima del traqueteo de las máquinas, Norma Rae se encarama a una mesa blandiendo un cartón garabateado con la palabra 'UNION' (sindicato). Recuerdo cuando su marido llega a casa, harto. Ella está leyendo en la mesa de la caótica cocina. «¡Estás llevando esto demasiado lejos! ¡No comemos más que cenas congeladas, los niños van con ropa sucia! ¡Y yo… sin ni siquiera una caricia!» Enfurecida, pone un puchero al fuego, se inclina sobre el fregadero y se baja los vaqueros, ofreciendo su cuerpo a su marido. Sus deberes sexuales quedan en elipsis bajo los gritos de su marido. Vuelta la calma, Norma Rae cuenta a su familia que les quiere.

2019. Ahora veo que ambas escenas, la fábrica textil y la fábrica del hogar, son dos caras de la misma moneda. La moneda del dólar en la fábrica, la del amor en casa.

Es pertinente que el 8 de marzo se celebre una huelga de mujeres. Ese día de 1857, las mujeres de una fábrica de Nueva York marcharon contra su explotación. 120 murieron a manos de la policía. Dos años después, las trabajadoras fundaron el primer sindicato femenino.

¿Dónde está la diferencia entre las trabajadoras sexuales, las huelguistas de las residencias de mayores, las temporeras marroquíes abusadas, las 'kellys' limpiadoras de hoteles? ¿Dónde queda nuestro umbral de solidaridad? Personalmente, opino que la diferencia está en el sexo, esa tarea que es la extensión última de nuestras obligaciones femeninas de cuidado. Como en Norma Rae, el sexo queda en elipsis. Lícito bajo la legalidad del amor, prohibido cuando interviene el dinero. Negociable por cada una de nosotras, individualmente, en las fábricas de nuestros hogares.

El efecto maniqueo de la estigmatización/sacralización del sexo es la palanca de la explotación sexual de las mujeres. Nos impide ver la conexión entre las dos fábricas y resulta la mejor gasolina para la máquina de los mercados.

La abolición de la esclavitud no abolió el trabajo, prohibió la explotación. La trata con fines sexuales está prohibida, pero el trabajo continúa. Habrá que ver entonces en qué condiciones. El debate nos interpela desde multitud de puntos contradictorios.

Epílogo: Si reivindicamos la corresponsabilidad de todos los cuidados, habrá de incluirse el bienestar del deseo humano. ¿Si hombres y mujeres ejercieran la prostitución por igual, en condiciones de dignidad y no explotación, se desharía el nudo?