Otro histórico 8 de marzo

Las multitudinarias movilizaciones permiten a las mujeres sentirse parte de un movimiento global e imparable que clama por la igualdad

Otro histórico 8 de marzo
efe
EL CORREO

La celebración del Día Internacional de la Mujer en Euskadi y en el resto de España jalonó ayer la historia por la igualdad, como lo hizo el 8 de marzo del pasado año. Las movilizaciones que tuvieron lugar en tantas partes del mundo pudieron mirarse en tiempo real en la infinidad de actos, concentraciones y manifestaciones que tomaron el espacio público de nuestras ciudades con una masiva afluencia y unas reivindicaciones cargadas de justicia. Las mujeres que ayer salieron aquí a las calles se sintieron parte de un movimiento global e imparable. Una jornada así permite recuperar parte de la energía que se emplea en el empeño cotidiano contra la discriminación, a menudo frustrante. Aunque, a su término, deja en el aire serias dudas sobre la manera en que tan multitudinaria llamada de atención pueda ser asimilada en las familias, los vínculos sociales, las relaciones laborales y el funcionamiento de la Administración. Dudas sobre la prontitud con qué normas y Presupuestos vayan a traducir, por artículos y por capítulos, las demandas que se hicieron una ayer: igualdad. Se hace presente el temor a que las fuerzas desplegadas se malogren, perdidas en la infinidad de engañosos vericuetos de una realidad patriarcal o atenuadas ante las necesidades inmediatas de abrirse paso en los estudios, en la búsqueda de empleo y su mantenimiento, en la tortuosa aventura de ser alguien cada día. La extraordinaria capacidad de movilización, propiciada por la connivencia espontánea entre las organizaciones feministas y la respuesta de miles de redes de amistad, no cuenta con un canal propio de representación institucional que permitiera llevar a efecto sus vindicaciones. Ha de atenerse a la función mediadora que partidos, sindicatos u organizaciones empresariales desempeñen en la interpretación de lo que pasó ayer. La naturalidad con la que tantos dirigentes varones se personaron el 8 de marzo, bien haciéndose partícipes de la jornada reivindicativa, bien contrapunteando su sentido y alcance, obliga a recordar que sigue siendo dominante la percepción de que se trata de un día excepcional, sujeto a que sirva para convocar el próximo 8-M, en la presunción de que nada sustantivo va a cambiar mientras tanto. En vísperas de una oleada de citas electorales, la histórica jornada de ayer corre más riesgos que nunca de quedar orillada, lo que emplaza especialmente a las mujeres con responsabilidades en los partidos a hacer valer lo que representan como clamor de justicia.

Un antes y un después

El lunes volverán la normalidad y sus injusticias. Unas descarnadas, otras más sutiles y por ello duraderas. Las emociones y los entusiasmos de ayer tienen apenas unas horas para disponerse a afrontar una realidad terca en cuanto a la perpetuación del machismo y las inercias que durante generaciones han mantenido a las mujeres en el rincón. El 8 de marzo de 2018 acabó con una conclusión unánime: suponía un antes y un después en la marcha hacia la igualdad. Al término de las manifestaciones de ayer destacaba, sin embargo, el propósito de impedir que se produzcan retrocesos en las políticas de género. La sonoridad de muchas de las consignas reflejaba ese tesón. Porque todo es discutible en democracia, pero la libertad no puede ser utilizada para encubrir ambientalmente la violencia contra las mujeres, coartar su libre albedrío y tergiversar los hechos que revelan injusticias extremas. La igualdad de oportunidades acaba siendo una falacia cuando se disuade a las mujeres de aspirar a todo aquello a lo que tienen derecho como seres humanos y ciudadanas de una sociedad abierta.