La grieta

Las denuncias de los exalumnos de los Salesianos prosperan

Concentración en la plaza San Pedro en apoyo a las víctimas de abusos por parte de los Salesianos./Luis Ángel Gómez
Concentración en la plaza San Pedro en apoyo a las víctimas de abusos por parte de los Salesianos. / Luis Ángel Gómez
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Hace una semana supimos que ocho exalumnos de los Salesianos habían denunciado a un antiguo profesor del centro por haber abusado sexual y físicamente de ellos en los años ochenta. Podía parecer que se trataba de otra denuncia lista para chocar contra un muro de olvido y prescripción. Sin embargo, en siete días han pasado muchas cosas. Las denuncias casi se han triplicado. El colegio se ha visto obligado a admitir que desde 1989 conocía algunos hechos. El Ayuntamiento no ha dudado en situarse junto a los exalumnos. Ayer se celebró en Deusto una concentración contra los abusos y la impunidad.

Todo apunta a que eso que vemos avanzar es una grieta: la clase de grieta que pone en peligro toda una estructura. En este caso, una forjada con poder y silencio. El sonido que produce al resquebrajarse es estimulante.

Tras el reconocimiento por parte del colegio de que conocían algunas denuncias contra el profesor y de que su marcha del centro tuvo que ver con ellas, se impone preguntarse por qué no acudieron al instante a una comisaría. Lo ocurrido responde a un modelo conocido. Cuando la situación se volvía insostenible, el profesor, el cura, el entrenador era apartado y todo se confiaba a la discreción.

Si puede explicarse que el secreto se impusiese en lo tocante a los abusos sexuales, que se cometen por lo general sin testigos y cargan sobre la víctima una losa inimaginable, sorprende que haya conseguido mantenerse tanto tiempo respecto al maltrato físico. Porque hasta bien entrados los ochenta había en colegios reputados de esta ciudad quien estaba más cerca de la psicopatía que de la pedagogía. Religiosos y seglares. Sus motes se recuerdan entre varias generaciones de bilbaínos como se recuerdan los episodios de una guerra. Solo que quienes en las cenas de exalumnos pueden zanjarlo todo con un insulto y una carcajada fueron quienes se llevaron sus buenos golpes, pero no, probablemente, aquellos que los recibieron de un modo sistemático, enfermizo, muchas veces con fines ejemplarizantes, entre insultos, frente al resto de la clase. Asusta pensar que estos eran en muchos casos los niños que hoy verían atendidas sus necesidades con apoyo, atención y psicólogos. Les tocó vivir un infierno. Y lo consintieron instituciones que no solo estaban encargadas de formarles, sino también de protegerles.