La gran ilusión

Muchos reconocen que no hay en la vida una ilusión tan intensa como la espera de que lleguen los Reyes a casa

Melchor, durante la cabalgata bilbaína./Ignacio Pérez
Melchor, durante la cabalgata bilbaína. / Ignacio Pérez
Juan Bas
JUAN BAS

Durante mi infancia, cenábamos en Nochebuena en casa de mis abuelos paternos. La hermana mayor de mi abuelo, Remedios Bas, vivía con ellos (la solterona tía Reme y mi abuelo Juan Bas se detestaban, pero esa es otra historia). La tía Reme, además de la práctica del cotilleo indiscriminado y de un vocacional celibato, tenía otra afición: montar el belén. Era grande, de bastantes piezas, y lo organizaba en el comedor sobre un aparador, con maniático orden. Yo aportaba al belén un escogido destacamento de mis soldaditos, que llevaba en los bolsillos del abrigo con ese fin perturbador. Que emboscara a mis anacrónicas tropas, repartidas por el nacimiento, sacaba de quicio a mi tía, pero como todos le decían que no fuera ridícula y dejara jugar al niño, tenía que aguantarlo a regañadientes. Así, un guerrero apache podía flanquear a San José y la Virgen o un ametrallador alemán ir con los pastores y las ovejas. Pero siempre respetaba a los tres Reyes Magos montados en sus camellos y colocados en hilera junto con sus pajes. Ya eran bastante bonitos por sí mismos sin necesidad de añadirles un vaquero a caballo. Y además, al cabo de pocos días, me traerían los juguetes que les había pedido.

La gran ilusión. No me refiero al título de la película de Jean Renoir, sino a esta pasada noche, a la noche de Reyes. A lo largo de los años, bastantes hombres y mujeres me han reconocido que probablemente no haya en la vida una ilusión tan intensa y excitante como la de esa noche a la espera, en obstinada vela hasta que te duermes, de que lleguen los Reyes a tu casa. Ni nada comparable al momento de despertarte y darte cuenta en un segundo de qué día es; y al siguiente segundo saltas de la cama, corres hasta el árbol y compruebas que es verdad, que se ha cumplido la magia y alrededor de tu zapato hay paquetes con envoltorio de regalo.

Años después he revivido esta ilusión a través de los ojos y las risas de mi hija. Al igual que hicieron mis padres conmigo, mi mujer y yo nos convertimos en los maestros de ceremonias que se levantan silenciosos por la noche para distribuir los regalos. Me soplaba la copita de coñac y me comía la pasta que había puesto para reconfortar al emisario real y le decía al perro que se bebiera el agua para la sed del camello (hacía caso si le añadía cerveza; cosas de mi perro). Y por la mañana, temprano, esperábamos junto al árbol encendido a que nuestra hija se despertara, a oír su correteo apresurado por el pasillo y verla aparecer radiante. Y cuando la magia volvía a suceder, como habrá sucedido hoy en tantos hogares y seguirá sucediendo generación tras generación, y veía en el rostro de mi hija la intensa imagen de la felicidad, compartir esa gran ilusión con una niña me hacía sentir por un instante mejor persona y todo lo adverso se paralizaba.