Gracias a Dios

La cultura del silencio impuesta por la Iglesia y la educación laica ante la pederastia es imperdonable

Una escena de la película./
Una escena de la película.
Elena Moreno Scheredre
ELENA MORENO SCHEREDRE

Gracias a Dios' es una película, a punto de estrenarse, inspirada en las víctimas de abusos sexuales de un grupo de scouts, que estaban bajo la supervisión de un sacerdote a quien la diócesis de Lyon (Francia), conocedora de los hechos, no apartó de su función. El proceso ha tenido una repercusión mediática sin igual en el país vecino y a raíz de la creación de un espacio llamado 'Palabra liberada' las denuncias han empezado a aflorar revelando la necesidad de revisar las leyes respecto a estos delitos. La cultura del silencio que ha impuesto la Iglesia y la educación laica ante la pederastia existente en su seno no tiene fronteras y es imperdonable. Todas las sociedades de este mundo han creado un territorio seguro, una tierra de nadie, un oasis donde los niños, lo más preciado que poseemos, deben crecer sin ser testigos, ni mucho menos protagonistas, de las perversiones de los adultos. Cuando alguien traspasa esa frontera atenta, con plena consciencia, contra la sociedad en su conjunto y no hay tibiezas o paños calientes que aplicar; debe de ser expuesto al castigo de la ley.

Víctimas de pederastia se amontonan ante las instituciones, reclamando una reforma del Código Penal que permita elevar los plazos para que los abusos sexuales no prescriban, pero el Congreso de los Diputados anda muy ocupado en la perpetuidad de sus intereses particulares y apenas tiene tiempo de legislar esas naderías que han roto las vidas de un número aún por determinar de personas. «Era un secreto a voces», dicen las víctimas de un exresponsable de la cantera del Atlético de Madrid, y lo mismo con las de un profesor de gimnasia de los Maristas de Barcelona, o en los Trinitarios de Salamanca, Salesianos en Deusto, y un largo etc. de profesores laicos y religiosos cuyos alumnos no podían parar su tortura porque eran niños, ni mucho menos imaginar las consecuencias devastadoras para sus vidas adultas. Colonias, campamentos de verano, clubes de deporte… De nada sirve que cada cierto tiempo un obispo, el abad de Monserrat o el mismo Papa pidan perdón bondadosamente por ese pasado oscuro en que el corporativismo ha tapado las sotanas alborotadas de los pederastas, o que en las delegaciones de educación se llamen a andanas y con la boca pequeña comiencen el papeleo, la burocracia con una demora también imperdonable.

Necesitamos una ley que no prescriba, y desde luego unos políticos que se ganen el sueldo blindando la perversión o asegurando su castigo. El pianista James Rhodes, activista contra el abuso infantil y víctima él mismo, dice que el término abuso infantil se queda corto para calificar los irreversibles daños que producen. Si algo tiene de maravilloso el momento que vivimos es la capacidad para afrontar lo que, en tiempos de nuestros padres y abuelos, se ocultaba tras los visillos o se lavaba con agua bendita.