FONTANEROS

El PSOE andaluz de la retórica frente a los problemas sociales, de los ERE, es un boquete en el casco del barco que gira con Sánchez al mando

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Maria Maizkurrena
MARIA MAIZKURRENA

Las elecciones andaluzas, una vez resuelto el voto, han planteado el enigma. ¿Qué figura o qué suerte saldrá de este juego de azar y de estrategia? Todas las combinaciones dependen de frágiles equilibrios entre partidos y de complejos desequilibrios internos. Lo que es seguro es que el bien común, que está en boca de todos, no va a ser el peso fundamental de las distintas balanzas ni de la balanza definitiva. Los partidos son máquinas de poder y desde que la política es una profesión los políticos temen una sola cosa en este mundo: quedarse sin su cuota de poder, que equivale a quedarse sin trabajo. Santiago Abascal, el dirigente de Vox que se alza frente a sus seguidores como la alternativa a un sistema teñido, según parece, de un color que detestan, lleva toda la vida viviendo del sistema, de las autonomías y hasta de ciertos favoritismos sospechosos. Empezó a beber de las fuentes de la política con 18 años y quien se aficiona a sus aguas rara vez se aleja de ellas por propia voluntad, sobre todo si les coge gusto a edad temprana. Cuando ya no pudo ser parlamentario vasco dejó el PP y fundó Vox, partido que apenas conseguía votos hasta hace unos pocos días. Tanto hablar del fenómeno y del fantasma y de la cosa le ha dado energía para materializar 12 diputados. Pero antes Abascal vivía en los aledaños y de los aledaños de la política.

Sabemos que tiene el innegable mérito de haber presidido una fundación con un único empleado, él mismo, de la que cobraba un sueldo de 83.000 euros gracias a las subvenciones que recibía de la Comunidad de Madrid en tiempos de Esperanza Aguirre. Así se pudo mantener sin hacer muchos equilibrios y así, con dinero público, se fue gestando Vox. Según ha publicado EL CORREO, las ondas del seísmo andaluz, donde los 12 diputados de Vox han sido un golpe de efecto, han creado una cierta conmoción en el PNV, que aboga por activar «el bloque progresista», el que hizo presidente a Sánchez con la moción de censura. Se trata de oponer una fuerza eficaz a los avances de Vox y Ciudadanos. El Gobierno de Urkullu está a punto de cerrar un pacto de transferencias. «Creemos que otro modelo de Estado es posible y que todos esos avances se pondrán en la picota si no frenamos entre todos el auge de la derecha», dicen fuentes del EBB. Claro que los errores de la izquierda han pavimentado el camino a las fuerzas de derecha. Pablo Iglesias ha utilizado la palabra autocrítica algo tarde, aunque recurrir a la palabra no significa que la autocrítica se haga presente. Y el viejo PSOE andaluz de la retórica frente a los problemas sociales, de los EREs y los barones y las castas que ha regido su comunidad casi 40 años ahora es un boquete en el casco del barco que gira lentamente con Sánchez al mando. Susana Díaz va a necesitar muchos fontaneros.