el flujo turístico

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Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

El presidente del Gobierno se empeña en la difícil tarea de animar a los desanimados. Hace dos días renovó la oferta para Cataluña, que no se la creen la mitad de los catalanes y la otra mitad no quiere escucharla. Lo cierto es que viene menos gente a vernos: unos porque estamos muy vistos y otros porque no nos pueden ver. La oferta de otro estatuto de Cataluña sólo es sugestiva para quienes se la creen, pero para los demás es una manera de entretenimiento ahora que septiembre está dando sus primeros pasos, todos titubeantes porque hay tantas promesas como decepciones. Los que creemos en España somos estadísticamente una minoría y esto, en democracia, donde los votos se cuentan y no se pesan, equivalen a la ruina.

Dotar a Cataluña de ese poder de autodeterminación, sin contar con el resto de España, está más cerca de ser un suicidio que una táctica. Los líderes insurrectos tienen claro lo que buscan, que es la fragmentación de España, que está partida pero no rota. La solapada negociación con Esquerra tiene que decantarse, pero eso no parece que sea lo que más preocupa a Pedro Sánchez, al que el más lúcido de nuestros comentaristas, que es en mi nada modesta opinión Ignacio Camacho, le llama «el acróbata de la Moncloa». Quizá sea un truco para ganar tiempo, pero el tiempo se gana o se pierde únicamente bajo la capacidad de eternidad. La cifra de visitantes en julio sigue disminuyendo y continuamos apostando por la cantidad y no por la calidad. Es un modo de decir que los pobres no nos interesan, porque no dejan nada excepto un mal olor que acaba expandiéndose, no sin antes impregnarlo todo.

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