Final previsto, pero...

El mayor éxito del Gobierno de Sánchez es alguna rectificación de las políticas conservadoras de Rajoy y un listado de intenciones que el tiempo interrumpido no ha permitido hacer realidad

Final previsto, pero...
ANTONIO RIVERA

Se acabó. La forzada alianza antinatural de derechas y secesionistas catalanes ha puesto punto final a una extraña legislatura nacida hace nueve meses de otra alianza de circunstancias cuya razón era el hastío por la corrupción del Partido Popular y por su incapacidad para afrontar la profunda crisis que vivía el país. Lo excepcional de aquella situación respaldó provisionalmente tan insospechada y dudosa posibilidad, proporcionando una oportunidad a las izquierdas y a los nacionalistas. A trancas y barrancas, con tensiones extraordinarias, se han intentado ensayar otras fórmulas, pero, al final, el escorpión acaba picando porque tan suicida pulsión iba en sus esencias. La tortuga y el escorpión acaban hundiéndose juntos como estaba previsto. Todo parece responder al guión imaginado, pero el tiempo no ha pasado en balde y las cosas no están exactamente en el mismo lugar que en junio pasado.

La gran ventaja de aquella arriesgada iniciativa de Pedro Sánchez era que él siempre iba a controlar el momento final y el consiguiente previo electoral. Si las cosas salían medianamente bien en ese tiempo, la explotación del éxito desde el Gobierno le proporcionaba la ocasión perfecta para consolidar su provisionalidad después de un buen resultado electoral. Si el empeño se encontraba con la prevista cerrazón de los secesionistas y estos acababan, como ahora ha pasado, haciendo imposible la continuidad de la legislatura, siempre se podía refugiar el presidente en el honor patrio y disolver las Cortes al no estar dispuesto a pasar por el trágala. Así lo escenificó la ministra María Jesús Montero estos días pasados, pero las cosas habían cambiado y la rentabilización ya no era tan posible.

El intento de cargar el fracaso en la espalda de otros no resulta porque las derechas se han aplicado a cambiar la percepción de la opinión pública: Ya no era un Gobierno fuerte con capacidad para rechazar un ultimátum secesionista, sino un Ejecutivo débil que se arrastraba ante ellos -resistía, diría Pedro Sánchez- y mancillaba en el empeño la honra nacional (o simplemente la lógica del Estado de Derecho). En ese sentido, no cabe duda de que las derechas le han ganado la partida final al Ejecutivo socialista, y que el encuadre de la realidad tiene más que ver con la versión que estas han construido y asentado en la opinión pública.

Desde hace ya semanas, si no meses, el tiempo jugaba así en contra del Gobierno y a ese problema se le suma ahora el de fijar la fecha electoral menos mala para sus intereses. Parece que mañana viernes lo sabremos, pero no es fácil el acertijo. Sumar las generales al superdomingo de mayo espanta a los alcaldes y los presidentes socialistas de comunidades con opción de repetir. El supercartel de Sánchez solo es apreciado entre quienes ya solo aspiran a los votos y ventaja que reporta el 'Telediario'; esa rutina tan conservadora de votar al partido del Gobierno, el que más sale en la tele. Dejarlo para el otoño, como seguro que está especulando Pedro Sánchez, es alargar el arrastramiento, la imagen de debilidad, el aferrarse al poder sin más motivo y, además, seguir dependiendo de los secesionistas catalanes y de la suerte (y reacciones) que les depare el juicio a sus líderes.

De manera que igual lo más prudente es pasar el trago de inmediato y convocar para el próximo 28 de abril. Pase lo que pase, todo será reinterpretable en términos de relativo éxito -incluso la pérdida del Gobierno-, y siempre se podrá mantener después alguna parcela de poder local y territorial. Pero, se insiste, esta no tiene por qué ser la opción que más anime a Pedro.

Los nueve meses de Ejecutivo no han servido para enderezar el país como hubiera gustado a la excepcional coalición de intereses que la hizo posible. Su mayor éxito es alguna rectificación de las políticas conservadoras de Mariano Rajoy y, sobre todo, un listado de intenciones que el tiempo interrumpido no ha permitido hacer realidad. Pero el problema mayor, la crisis catalana, sigue en el mismo sitio. Lo que ha cambiado en esos meses es el ambiente general, que se ha hecho tóxico por radicalizado. Nadie se fía de nadie y nadie es capaz de ejercer un liderazgo que propicie una alianza provisional, pero estable, para dar alguna respuesta a los grandes y graves problemas del país. Y, sin embargo, la crispación reinante ha incrementado el número de opciones políticas con presencia y ha tensado sus relaciones doblemente, entre los muy opuestos, hasta la bronca infinita, y entre los más cercanos, en una competencia casi desconocida.

Y todo eso, además, de todas todas, dará lugar a un Parlamento donde la única posibilidad de trenzar mayorías estables será juntando a enemigos a muerte de hoy o, incluso peor, a tener que sumar no dos sino tres opciones que en este instante se desprecian. Es decir, un final previsto, pero en su peor previsión.

 

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