El feminismo es incómodo y molesto

Noemí Pastor
NOEMÍ PASTOR

Hasta hace poco, la propia palabra incomodaba. A los vocablos feminismo y feminista les habían adherido tantos semas negativos que hubo que acometer toda una operación de limpieza para que recuperaran su nobleza, su verdadero significado, el que siempre albergaron los diccionarios.

Hoy todo el mundo sabe que el feminismo es el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre. Así lo define al menos la RAE, nada sospechosa de extremismo en este terreno. Quizás por eso, porque feminismo y feminista ya son palabras limpias, han tenido que inventar otras infamantes como hembrismo o feminazi. Porque el feminismo sigue siendo incómodo y molesto.

¿Y eso por qué? ¿Por qué molesta el feminismo, por qué escuece la igualdad, por qué provoca reacciones airadas? ¿Por qué hay gente que se sale de sus casillas cuando oye miembra o portavoza?

El feminismo escuece porque nos interpela, nos cuestiona, porque se refiere nuestra identidad, nuestra actividad y nuestra existencia entera. Porque poner la vida en el centro es tremendamente subversivo.

Incomoda a los hombres porque descubre una falsa normalidad en la que gratis et amore les corresponden servicios y prerrogativas por el simple hecho de ser varones.

Pero a mí, mujer y feminista, también me fastidia, porque me dice que yo tampoco he asumido del todo la igualdad, que tengo mucho que mejorar.

El feminismo me regaña, por ejemplo, cuando hago un comentario malvado sobre otra mujer, cuando despellejo a una porque saca los pies del tiesto, porque ataca una norma que yo había acatado, cuando me fastidia que otras se atrevan a ser más libres.

Me da rabia el feminismo cuando tengo mucho más en cuenta las opiniones de los hombres, cuando aprecio y valoro más sus obras, su trabajo, su cultura.

Así, cuando nos descubrimos haciendo esas cosas, y muchas más, que odiamos que nos hagan, el feminismo, como un espejo cruel, nos devuelve una imagen que no nos gusta.

Con todo, merece la pena flagelarse un poco, porque tenemos mucho que ganar y, además, no nos queda otra. Las mujeres tenemos que apoyarnos, arroparnos unas a otras, mantener tensa la red de seguridad para poder arrojarnos confiadas en que no nos estrellaremos contra el suelo. Por eso debemos cuidar bien las redes, alimentarlas con sororidad y camaradería, mimar los lazos y colaborar.

Si queremos cambiar el mundo, habrá que comenzar por cambiar nosotras mismas. Juntas, aprendiendo unas de otras, colaborando y con la vida en el centro, el camino no va a ser ningún vía crucis, ni molesto ni incómodo, sino todo un viaje de placer.