El fantasma del pasado

Han pasado cien años desde el armisticio de la Primera Guerra Mundial. La historia no se repite, pero sigue siendo el único instrumento que tenemos para detectar problemas y soluciones

Preparativos para la conmemoración de los 100 años del fin de la Primera Guerra Mundial/
Preparativos para la conmemoración de los 100 años del fin de la Primera Guerra Mundial
LUDGER MEES Catedrático de Historia Contemporánea en la UPV/EHU

Todavía no había amanecido. Son las 5 horas y 12 minutos del día 11 de noviembre de 1918. El escenario: el vagón de un tren aparcado en un bosque cercano a la localidad francesa de Compiègne. Los protagonistas: ocho mandatarios políticos y militares que representaban a los países cuyos ejércitos se habían enfrentado durante cuatro años en una contienda bélica sin precedentes en la historia. Cada uno de los presentes en aquel encuentro matutino ratificó con su firma el documento al que millones de familias habían esperado durante tanto tiempo: el armisticio que entraría en vigor seis horas después de haber sido firmado.

Todo había empezado en junio de 1914, cuando un nacionalista serbio mató en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando, el heredero al trono del Imperio Austro-Húngaro. Cuatro años más tarde, la capitulación incondicional de Alemania y sus aliados abrió la puerta a la tan deseada paz. Así, las ansias de poder imperialistas de las viejas élites dominantes del Imperio Alemán, que ya en 1961 el historiador Fritz Fischer había identificado no como la única, pero sí la principal causante del conflicto bélico, terminaron en el abismo.

Esta primera gran guerra europea pronto alcanzó una dimensión mundial, sobre todo debido a la entrada de Estados Unidos como combatiente en las filas de los aliados en abril de 1917. Después de la Guerra de los Treinta Años, que arrasó a Europa entre 1618 y 1648, el Viejo Continente nunca había conocido una contienda con similares consecuencias dramáticas, sobre todo para las víctimas. Alrededor de nueve millones de soldados murieron en las trincheras, seis millones de civiles perdieron su vida en la retaguardia. El orden geopolítico quedó completamente revolucionado por la desintegración de cuatro grandes imperios (alemán, austro-húngaro, ruso y otomano) y la creación de un gran número de nuevos estados soberanos. Las fronteras fueron definidas y/o movidas, no pocas veces de forma artificial.

Alemania perdió una séptima parte de su territorio, teniendo que ceder a Francia la tan disputada región de Alsacia-Lorena, una cesión dolorosa que más tarde fue hábilmente instrumentalizada por un austríaco que había luchado como voluntario en la guerra: Adolf Hitler. Encontrándose entre los ganadores, la Monarquía británica pudo mantener su imperio, pero, sobre todo debido a su enorme endeudamiento, tuvo que ceder su posición como primera potencia mundial a Estados Unidos, que había financiado buena parte de los esfuerzos militares británicos.

Han pasado ya cien años desde aquel célebre armisticio firmado en un vagón de tren. Estas semanas, el presidente francés, Emmanuel Macron, se dedica a visitar muchos de los lugares emblemáticos de la guerra en su país. Mañana domingo, día de la firma del armisticio, los actos conmemorativos se clausurarán con una solemne celebración pública en París con la presencia de muchos mandatarios internacionales, entre ellos Trump y Putin.

¿Para qué todo ello? La historia no se repite, pero sigue siendo el único instrumento que tenemos a nuestra disposición para detectar problemas y testear soluciones. Y los problemas de 2018 tienen un aterrador parecido a los de 1914/18: el auge de un nacionalismo excluyente y egoísta; el desigual reparto de la riqueza y del poder; una nueva oleada de globalización y modernización, en este caso de carácter digital; el cuestionamiento del orden geopolítico por agresivas políticas expansionistas; la creciente inseguridad, desconfianza y desorientación de amplios sectores de la sociedad; y, como consecuencia, la búsqueda de soluciones sencillas a problemas complejos en engañosos proyectos nacional-populistas.

Sobre los escombros de 1914/18 nuestros antepasados comenzaron a construir las estructuras mentales e institucionales del proyecto más exitoso de la historia contemporánea europea, un proyecto que no pudo evitar una nueva catástrofe aún mayor, pero que después de 1945 pudo por fin avanzar con pasos de gigante: el proyecto transnacional de la Europa Unida como laboratorio para la solución de conflictos a través del diálogo y de la cooperación. El éxito de este proyecto, único en la historia de la humanidad, ha permitido a la gente de Europa vivir en paz -recordemos: una situación más bien novedosa en la historia europea- y alcanzar unas cotas de bienestar inimaginables para los hombres que firmaron el armisticio de 1918.

La forma más segura de combatir al fantasma de 1914/18 y de defender la paz y el bienestar de los europeos pasa inexorablemente por la reforma, la intensificación y la ampliación del proyecto europeo. Frente a los predicadores del orgullo nacional, de las sociedades cerradas, del simplismo autoritario y de la satanización del otro necesitamos un nuevo europeísmo combativo en las instituciones y en la calle. «La guerra es un asunto demasiado costoso y salvaje para resolver los litigios entre las naciones de la tierra». Así resumió Lloyd George, primer ministro de Reino Unido en el momento de la firma del armisticio de 1918, la moraleja de sus dos mil páginas de memorias sobre la guerra. Cuando redactó estas palabras, ya intuía que el mundo se encontraba al borde de un nuevo, aún más dramático, colapso. El fantasma de 1914/18 había vuelto y campaba a sus anchas. Cien años después de aquel encuentro en el vagón de tren, está de nuevo anunciando su retorno. Sólo una Europa unida, democrática, inclusiva y justa le parará.

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