el extintor y la poRra

Pedro Sánchez evita elevar la crispación dialéctica tras las bravatas de Torra, pero se prepara para otro 'otoño caliente'

Sánchez llega a Costa Rica en la última etapa de su gira latinoamericana. /EFE
Sánchez llega a Costa Rica en la última etapa de su gira latinoamericana. / EFE
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

La posibilidad de una salida dialogada al conflicto catalán parece lejana, lejanísima. Personalmente me cuesta encontrar algún argumento para el optimismo, salvo un improbable vuelco en las urnas que rompa el empate técnico existente entre secesionistas y no independentistas, con ligera mayoría para estos últimos.

Y es que, ¿sobre qué pueden negociar Gobierno español y Generalitat un fin de las hostilidades? Madrid jamás reconocerá el derecho de autodeterminación de los catalanes -ni de los vascos- de no mediar un cambio muy muy sustancial en las actuales circunstancias. Y los 'indepes' es de lo único que están dispuestos a hablar.

Aun así, Pedro Sánchez no arroja la toalla, sin que ello suponga bajar la guardia y renunciar a que el Estado esté preparado por si se cumplen los peores augurios y tenemos otro 'otoño caliente'. ¿Por convicción? No diré que no. Pero seguro que por necesidad. No en vano la supervivencia de su débil gobierno depende, entre otros, de los soberanistas catalanes.

Tras la conferencia del martes del president Quim Torra y sus declaraciones de primera hora de la mañana en Bélgica, junto a su predecesor, el huido Puigdemont, había expectación por escuchar al presidente español.

El jefe del Ejecutivo catalán, mucho menos incendiario de lo que se había avanzado, reiteró en Barcelona lo que acabo de decir: que la única salida al conflicto es la celebración de un referéndum para que Cataluña decida si se escinde o no del resto de España. Ayer agregó que está dispuesto a ir tan lejos como su predecesor -que se saltó la ley-, pero eludió confirmar si en caso de condena de los políticos encarcelados planteará al Parlament la posibilidad de abrir las cárceles catalanas en que se hallan internos y dejarles en libertad.

Hace una semana, en Latinoamérica, el líder socialista optaba por entrar al trapo de las soflamas secesionistas y recordarles que si vuelven a las andadas la amenaza del 155 sigue ahí. Ayer ni siquiera jugueteó con el mechero para evitar que otra pequeña chispa siga calcinando la convivencia en Cataluña.

Claro que esta vez sí hubo coordinación gubernamental. Antes de la intervención del presidente, Carmen Calvo volvía a hablar del 155. Y desde Interior se confirmaba que el ministro Grande-Marlaska ha ordenado desplegar en Cataluña un millar de policías nacionales y guardias civiles para apoyar o sustuituir a los Mossos d'Esquadra en caso de que tengamos otro 'otoño caliente'.

Así Sánchez pudo exhibir sin riesgos su discurso menos ácido. En concreto dijo que se toma «muy en serio» su oferta de diálogo a la Generalitat. Y emplazó a Torra a dejar de ignorar a los no independentistas y a propiciar un gran diálogo entre secesionistas y no secesionistas. «En Cataluña no está en riesgo la independencia sino la convivencia», sintetizó.

Palabras apaciguadoras que más que posiblemente caerán en el saco roto de Torra y los suyos. Pero que permiten al PSOE marcar un discurso propio, de corte constructivo, alejado de la dureza de PP y Ciudadanos. De un Pablo Casado que ha cerrado la puerta a un entendimiento que pase por incrementar el autogobierno catalán. Y de un Albert Rivera enzarzado en la guerra de los lazos amarillos e insistiendo en el 155.

El PSOE se apunta al extintor, sin olvidar la porra.

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