Euskadi bebedora

Practicamos con devoción el culto a todo lo que reporte un inmediato placer de los sentidos

Euskadi bebedora
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Juan Bas
JUAN BAS

Ha sorprendido la noticia de que en 2015 y 2016, según datos de Osakidetza, el 44% de los beodos (y beodas) que tuvieron que ser atendidos en hospitales vascos por comas etílicos eran mayores de 46 años. A mí, la verdad es que no me ha sorprendido mucho. Aquí le pegamos al tanque con denuedo todo el mundo y toda la vida, desde chavales hasta que te dice el médico que a tu edad y con ese hígado a punto de fisión nuclear o te pasas al 'Trina' de manzana o te vas a criar malvas, pero como abono. Y nada más lógico que, a igualdad de exceso etílico por abanico de edades, seamos los más baqueteados por décadas de hacer barra fija con el vidrio levantado los que exterioricemos la fatiga de largo combate con los jamacucos más espectaculares. Sí llama un poco la atención que bebedores añosos, y por tanto experimentados, practiquen el exceso, como indocumentados cosacos en una poza de vodka, hasta llegar al coma etílico. Si la veteranía siempre es un grado, aquí parece que lo es solo de alcohol. A lo largo de los años, bastantes visitantes foráneos me han comentado que sorprende observar lo mucho que se bebe aquí de modo cotidiano y como acompañamiento inseparable de las relaciones sociales en la calle. Esto viene de lejos. En el Bilbao burgués de los años sesenta, década de prosperidad económica, se bebía mucho 'whisky'. Se decía que desde el monte Artxanda, a cuyo pie está la ciudad, se oía el tintineo de los hielos de los vasos de 'whisky'.

En Euskadi practicamos con devoción secular el culto a lo mucho de todo, por lo menos de todo lo que reporte un inmediato placer de los sentidos (y el sexto sentido del vasco está en el estómago): mucha comida, mucha bebida, mucha fiesta, mucho desparrame, serían las etapas consecutivas del 'tour' con bicicleta de ruedas cuadradas. Incluso ETA y sus satélites se ponían joviales entre asesinato y asesinato y preconizaban una Euskadi alegre y combativa, es decir, la actitud del borracho (y borracha) cantarín y pendenciero.

Así, parece ser que Euskadi está no solo a la cabeza de España en el consumo de alcohol, sino que ocupa uno de los primeros lugares del 'ranking' europeo: vocación europeísta de líderes. Si ya lo decía la vieja canción popular: «Euskadi es tan pequeña que no se ve en el mapa, pero bebiendo vino nos conoce hasta el Papa».

Cuando el diablo me ha poseído en demasía una temporada seguida, me va bien para el convencimiento de ponerme a resguardo en dique seco volver a ver 'Días de vino y rosas', la obra maestra de Blake Edwards. Ese primer plano secuencia del gran Jack Lemmon con camisa de fuerza en el secadero, en el que solo con sus expresiones de estar padeciendo un terror insoportable imaginamos cómo serán los horrores que ve en pleno 'delirium tremens', basta para cortar en seco la sed más pertinaz.

 

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