EDAD DEL ASCENSOR

La ciudad se llena de elevadores, rampas y escaleras mecánicas

Imagen antigual del funicular de Artxanda./El Correo
Imagen antigual del funicular de Artxanda. / El Correo
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Bilbao es una ciudad encajonada entre montes. Incluso en su rincón más intensamente urbano, basta con levantar la mirada para encontrar al fondo una escapatoria verde y ascendente. Quizá por eso los bilbaínos mantengamos con las pendientes una relación familiar y exagerada. Señalemos que tenemos un funicular alpino para llegar a la cima de un monte de trescientos metros. Lo mandamos hacer en 1915 a una empresa suiza. Aún hoy resulta conmovedor imaginar a aquellos bilbaínos señalando unos tres mil metros por encima de Artxanda mientras le pedían sinceridad a unos ingenieros probablemente nacidos en Zermatt, bajo el Matterhorn: «¿En serio podrán construir ustedes algo que llegue hasta un lugar tan alto?».

La complicación del terreno se extiende a muchos barrios de la ciudad, llenando de cuestas la vida cotidiana de la gente y transformando vecindarios enteros en territorios de auténticos escaladores. John Huston cuenta en sus memorias que las mujeres irlandesas desarrollaron unas piernas extraordinariamente tonificadas gracias a la práctica continua, generación tras generación, de un ejercicio exigente: sacar a rastras a sus maridos de las tabernas. Del mismo modo, es probable que las cuestas hayan moldeado magníficamente el tren inferior de los bilbaínos. Piensen por ejemplo que subir con bolsas desde el Casco Viejo a Santutxu debe de equivaler, en cuanto a gasto calórico y beneficio aeróbico, a varias sesiones de zumba.

El problema es que no todos los días amanece uno con el ánimo olímpico y que no es lo mismo tener quince años años y los pies ligeros como Aquiles que treinta años y un carrito de bebé u ochenta años y un bastón o una muleta. Garantizar la accesibilidad de los barrios es una prioridad del Ayuntamiento y la instalación de ascensores, rampas y escaleras mecánicas se ha multiplicado en los últimos años. Lo cierto es que suelen ser unos trastos feos a rabiar, pero hasta que se invente la teletransportación se impone su utilidad, que puede ser máxima. En esta ciudad que envejece, un ascensor puede, sencillamente, cambiar la vida de muchos vecinos. También animarla. La víspera de los premios Feroz la presentadora de la gala, la actriz Ingrid García Johnson, se quedó atrapada en el nuevo ascensor de Miribilla. «Probablemente no salgamos vivos de aquí», tuiteó. Exageraba.