Divorcio transatlántico

El futuro está lleno de riesgos. Europa debe asumir su rol en el mundo. Remodelar sus instituciones, democratizar sus procedimientos y endurecer su actuación frente a sus enemigos

Divorcio transatlántico
Daniel Reboredo
DANIEL REBOREDO

Europa está sumida en un desbarajuste político cuya naturaleza es geopolítica y de ahí que no sea ninguna sorpresa que la idea de Europa como entidad política posmoderna, en la cual y para la cual las fronteras eran, y son, un artefacto histórico rechazable, pierda cada vez más rápidamente su legitimidad. El acoso de los nacionalismos internos, acompañados de populismos de diferentes colores, mina un proyecto cada vez más desnortado. Y es en esta tesitura de desconcierto cuando se retoma la vieja y tantas veces aparcada idea de crear un ejército europeo y una política de defensa clara y definida.

En este caso ha sido Macron, rápidamente secundado por Merkel y otros dirigentes, quien ha recuperado una iniciativa siempre frustrada por las reticencias y la oposición de EE UU y Gran Bretaña. La segunda ya no está y respecto a la primera es irónico que su histriónico presidente monte en cólera cuando claramente ha manifestado su deseo de romper el pacto transatlántico que se acordó tras la Segunda Guerra Mundial y que tantos beneficios ha reportado a ambas partes. Pacto que Obama mantuvo desde una frialdad extrema porque ya vislumbraba que, tras ser punto de referencia durante seis décadas, otros actores globales (China, Rusia, India, etc.) reclamaban un mundo multipolar que EE UU no quiere aceptar. El atlantismo podrá sobrevivir a Trump, pero deberá resituarse en este nuevo mundo, sin descartar que Europa se quede en un eje atlántico, pero solo con Canadá. El presidente norteamericano continúa la línea de George Bush en este y en otros aspectos de la política estadounidense. Trump es un acelerador feroz e inesperado de procesos que estaban en marcha antes que él llegase a la Casa Blanca y la relación transatlántica es un ejemplo.

Al margen de sus declaraciones y ocurrencias, el proyecto geoestratégico norteamericano pretende mantener la hegemonía de Washington en el mundo, dificultar la colaboración entre Moscú y Pekín e impedir el fortalecimiento de un contrapoder en Eurasia articulado por Rusia y China. El fantasma al que se tienen que enfrentar los europeos hoy es que, por primera vez desde 1945, el líder de EE UU ya no ve el valor de Europa. Trump quiere desestabilizar la UE animando a sus miembros a seguir el ejemplo británico de abandonarla. Es el presidente que abiertamente dice, por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, que se desentiende de Europa. Esto resulta de su idiosincrasia y visión. Pero también refleja una tendencia anterior.

La petición a los países de la OTAN para que gasten más en defensa no es invento de Trump. George W. Bush ya dividió EE UU y Europa y Obama, que era europeísta, apuntó un alejamiento y quiso ser el presidente del llamado pivote asiático porque comprendió que la correlación de fuerzas del futuro se jugará en la región Asia-Pacífico.

EE UU sigue siendo la principal potencia mundial. Pero sus credenciales de dominio y hegemonía, y su efectividad para ejercerlos, se debilitan visiblemente. Todavía es un país con niveles de riqueza y peso financiero sin comparación y con más poder de fuego que varios de sus potenciales adversarios juntos, pero la relación de fuerzas a nivel mundial ha variado. Su presupuesto militar, aprobado en agosto, es de 717.000 millones de dólares, el más importante de su historia, y duplica al de China, Rusia, Corea del Norte e Irán juntos.

La nueva administración en EE UU es la última oportunidad para la unidad de los europeos. La alternativa es la defunción de Europa tal como fue concebida en el Tratado de Roma hace 60 años. La construcción de una Europa unida fue prioridad de la política exterior de EE UU tras la Segunda Guerra mundial y tan perseverantes fueron los estadounidenses en favor de la integración de los europeos como los británicos en su oposición. En la coyuntura actual, los europeos debemos ser conscientes de que ya no somos un aliado tan trascendental para EE UU como antes y el deterioro del vínculo es una evidencia. Estados Unidos ha dejado de ser un socio fiable para Europa. Va a lo suyo y no es peregrino pensar que el día que tenga que escoger entre salvar la Europa atlantista y salvarse ellos, se salvarán ellos y dejarán que a Europa se la coman las fieras.

Los europeos y la Unión pueden responder a este reto dejando de tratar la integración como un proyecto despreciable y elitista, defendiendo los valores que todos los países adheridos se comprometieron a respetar, acelerando los acuerdos comerciales e impidiendo que se conviertan en rehenes de los diversos grupos de presión estadounidenses y, finalmente, consolidando una política de defensa y seguridad creíble asentada en la creación de un ejército europeo.

La UE, en su mejor cara, es una organización que dota de poder a los estados para que estos extraigan ventajas del globalismo y palien sus desventajas; en su peor cara, puede parecer otro conjunto más de élites globales que impiden el empoderamiento. Construir una Unión con un apoyo generalizado y que los ciudadanos sientan que se les escucha constituye una tarea vital para que siga evolucionando y reformándose. Necesitamos más y no menos Europa. El problema es que la UE en su actual configuración obstaculiza el crecimiento, la justicia e incluso la integración en lugar de fomentarlos. Urgen reformas que la consoliden como proyecto global y que frenen los mitos y engaños de los que afirman que los diferentes países estarían mejor si esta se desintegrara y recuperaran sus respectivas soberanías nacionales; la letanía de que el proyecto está muerto, de que sólo es propaganda y tratados; la gran mentira de los pueblos libres soberanos y libremente asociados y la alegre recuperación de las fronteras cuya disputa causó no pocas guerras en el pasado.

El futuro está lleno de riesgos. Europa tiene que asumir su rol en el mundo. Remodelar sus instituciones, democratizar sus procedimientos, endurecer su actuación frente a sus enemigos (internos y externos), mantener a raya al neoliberalismo depredador de nuestra época y contar con la fuerza suficiente para respaldar a la razón y para sobrevivir.

 

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