Dios y la revolución

El levantamiento contra la dictadura de Somoza en Nicaragua, en el que participaron muchos cristianos alentados por la Teoría de la Liberación, produjo cierta fascinación en Euskadi

Dios y la revolución
Pedro Ontoso
PEDRO ONTOSO

«Tome», le dijo entregándole un Cristo negro como contraseña. «Este hombre le llevará a un lugar donde le recogerá otro de nuestra gente; ese otro le hará avanzar más al Norte y otro le llevará más al Norte aún. Cuando ese Cristo venga de regreso a mí, también de mano en mano, será señal de que usted está a salvo en Honduras». El que habla es monseñor Octavio José Calderón y Padilla, obispo en su día de la diócesis de Matagalpa y Jinoteca, y alude a un guía campesino de Acción Cristiana, movimiento que ayudaba a cruzar la frontera a los perseguidos por la dictadura de Somoza. El episodio forma parte de un relato que se incluye en la novela 'La noche de los anillos', del escritor Chuno Blandón, que ahonda en la noche oscura de la historia de Nicaragua y recompone el laberinto dramático de algunos personajes clave en los tiempos de la Centroamérica oprimida.

Monseñor Calderón fue un cura conservador, pero a la hora de defender los derechos humanos no hay ideología que valga. Por eso fue un parapeto frente a los fusiles de la Guardia Nacional de las dictaduras nicaragüenses y un refugio para los represaliados por los militares. A bordo de cayucos y a lomo de caballos, el obispo remontó ríos, subió montañas y se adentró en selvas casi impenetrables para atender a los indígenas, al tiempo que extendía la red de su Acción Católica Rural. Pidió ayuda a los franciscanos de Asís, a los hermanos de La Salle y a las Misioneras de la Caridad para que las clases desfavorecidas recibieran la educación que les correspondía por derecho. El clan de los Somoza le conocía como 'la faja roja', por el atuendo de su dignidad de obispo y por su compromiso con los oprimidos. Pero lo verdaderamente importante es que se labró una gran autoridad moral.

Puede decirse que su doctrina fue el embrión de la revolución nicaragüense. De hecho, el obispo Calderón tuvo una gran influencia en la trayectoria de Carlos Fonseca, uno de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Cuando la madre del activista acudió al prelado, alarmada por su fama de comunista, el obispo la tranquilizó: «Carlos no es comunista. Es un idealista y esto va para largo». Fonseca, muy religioso, fue el padre de la revolución nigaragüense. Fue su ideólogo. Era un estudiante muy activo, un intelectual especializado en la poesía de Rubén Darío. Luego abrazó la lucha armada. Murió en combate a los 40 años y en su homenaje en la sierra participaron más de 100.000 personas. Tomás Borge señaló que «es de los muertos que nunca mueren». Salvando las enormes distancias, su historia me recuerda a la Txabi Etxebarrieta, primer mártir de ETA, convertido en héroe nacional a golpe de misas.

De hecho, el proceso revolucionario en Nicaragua, en el que participaron de forma masiva los cristianos, produjo una cierta fascinación en Euskadi cuando se sacralizaba el concepto de pueblo y se veía a Dios en el rostro de los oprimidos. Sobre todo en los ambientes jesuitas. La Nicaragua prerevolucionaria la conoció el padre Valentín Bengoa, que años después se convertiría en el sostén ideológico del sindicato ELA, al que se dedicó en cuerpo y alma. La Nicaragua posterior la vivió el padre Xabier Gorostiaga, uno de los grandes rectores de la UCA en Managua. Intelectual con una gran cabeza, asesoró al Gobierno de Daniel Ortega como director de Planificación en un Ministerio cuyo viceministro era el exjesuita Emilio Baltodano. En el Ejecutivo sandinista había varios sacerdotes de alto nivel. Ernesto Cardenal fue ministro de Cultura y su hermano, Fernando, de Educación, tras haber sido responsable de Juventud. El padre Miguel Escoto fue canciller y el padre Edgar Parrales estuvo al frente de la Delegación en Washington.

Su presencia en el Gobierno provocó fuertes reacciones en el Vaticano. Una imagen que dio la vuelta al mundo en 1983 fue la de Juan Pablo II con el dedo índice levantado amonestando a Ernesto Cardenal por su apoyo a la causa sandinista. El pontífice polaco fue recibido en el aeropuerto con una pancarta que decía 'Bienvenido a la Nicaragua libre gracias a Dios y a la revolución', pero a Karol Wojtyla no le hacía ninguna gracia aquel mestizaje entre el marxismo y el cristianismo. Fue una revolución que no perseguía a la Iglesia. Eran los tiempos del salesiano Gulio Giraldi, autor del libro 'Amor cristiano y violencia revolucionaria', que popularizó la frase de «Nicaragua es el lugar donde Dios habla». La Santa Sede sancionaría luego a los sacerdotes involucrados en el Gobierno sandinista.

¿Qué es lo que queda de aquella revolución? La represión del régimen de Ortega se ha cebado en el barrio de Monimbo de Masaya, precisamente donde comenzó la insurrección contra la dictadura somocista. Es toda una metáfora. Su origen y su final. Una parte importante de la Iglesia la apoyó y ahora es la propia Iglesia quien se ha levantado contra Ortega para desmantelar un sistema corrompido. El franciscano Leonardo Boff, figura emblemática de la Teología de la Liberación, ha señalado que «un Gobierno que condujo a la liberación de Nicaragua no puede imitar las prácticas del antiguo dictador». Ernesto Cardenal ha seguido con amargura la deriva autoritaria de un Ortega «que se corrompió y decidió enriquecerse a costa de un pueblo pobre».

Me acuerdo de mis clases en Sociología, cuando se repetía aquello de que «el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente», adjudicado a Lord Acton, un político liberal y católico, aunque algunas de sus obras fueron incluidas en el Índice de Libros Prohibidos. Y repaso mis apuntes sobre Thomas Hobbes, teórico del absolutismo de espíritu secularista, y de su 'Leviatán'. La sociedad civil se levanta porque el Estado ya no respeta sus derechos. ¿Quién ha roto el contrato social en Nicaragua?